Ignacio Muro Benayas

Política, economía, medios, participación

Masas, multitudes e individuos: la nueva sindicalización de voluntades

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1746286-Portada_de_Gaceta_Sindical_n_21Ignacio Muro   (monográfico de la revista GS- Gaceta Sindical sobre “Por un nuevo impulso democratico”)   Descargar aquí: Masas, multitudes e individuos: la nueva sindicalización de voluntades

RESUMEN EJECUTIVO.

Estas líneas tienen por objeto contribuir al diálogo entre los conceptos tradicionales de la izquierda y los surgidos recientemente asociados a los nuevos movimientos de masas, las redes sociales y el ciberutopismo.  Se aborda dando un necesario rodeo sobre los cambios tecno-económicos que están en el origen de todo, sus efectos sobre las relaciones entre capital y trabajo en la época del capitalismo excluyente, sobre las relaciones sociales y políticas y sobre los modos en que se relacionan partidos y sociedad, líderes y seguidores, ciudadanos con ciudadanos.

Se trata de contribuir a un relato de la realidad lo más fluido posible que reclama una relectura del doble eje trabajo/ciudadanía y confluye en la necesidad de abordar nuevas formas de sindicalización de voluntades .

Índice:

1.     Oligarquías versus democracia

2.     La debilidad política de la clase obrera

3.     Tecnologías que separan, tecnologías que unen.  ¿Es posible recuperar la iniciativa?

4.     La crisis  y la centrifugación ideológica de las clases medias

5.     La nueva energía política.

6.     De las masas a las “multitudes inteligentes”: los efectos de la tecnopolítica.

7.     La identidad ideológica de los nuevos movimientos sociales

8.     Política y redes sociales. Sobre organización, liderazgos y jerarquías.

9.     La política en el puesto de mando

10.  Conclusiones: La conexión entre trabajo y ciudadanía y la nueva sindicalización de voluntades.

1.     Oligarquías versus democracia

Si miramos la historia en perspectiva veremos que la tensión entre el principio democrático, de naturaleza política, y el principio oligárquico, de naturaleza económica, ha dominado y continúa dominando la vida de todas las sociedades contemporáneas. Lo ordinario es que la ley del más fuerte se manifieste como principio que penetre en todos los poros sociales; lo extraordinario que la sociedad sepa construir límites políticos y jurídicos suficientes para contrapesar buena parte de ese poder.  Lo exclusivo, lo único, lo conforman las experiencias revolucionarias en que todo el poder pasa a manos de las mayorías sociales.

Venimos de un periodo extraordinario en el que los equilibrios de poder global que trajo consigo la URSS facilitaron la existencia de límites democráticos nacionales, que pusieron freno a la excluyente lógica del beneficio capitalista, límites que permitieron construir décadas de estabilidad social y progreso económico. Aunque el retorno al capitalismo ramplón lleva en su seno crisis periódicas cada vez más fuertes, no por ello alivian su agenda social: por el contrario, de forma implacable, metódica, cuasi científica (en España con la simbólica ayuda de fórmulas matemáticas para desnaturalizar pensiones o IPC) proceden a desmontar el andamiaje jurídico y social de aquel equilibrio que denominamos Estado de Bienestar.

Al final del recorrido nos espera, si no lo remediamos, no un sistema reformado con nuevos contrapesos democráticos sino, simplemente, el retorno al principio de la “ley del más fuerte” que anticipa una sociedad reordenada, casi exclusivamente, atendiendo a privilegios sociales y de clase. La seguirán llamando Estado de Bienestar aunque la depauperación creciente de los trabajadores, prevista por la economía-política del siglo XIX, vuelve a ser su rasgo dominante travestido de precarización.

En este contexto, la organización de la resistencia requiere comprender y recuperar la importancia de la democracia como contrapeso al principio de acumulación económica. Y ello nos coloca ante un triple reto:

·       La necesidad de conocer y anticiparse a las formas que las oligarquías utilizan para debilitar o inhibir la acción de la democracia.

·       Dominar el modo en que los cambios tecno económicos condicionan el nacimiento de nuevas fuerzas sociales y nuevas formas de lucha.

·       Articular un movimiento suficientemente compacto, desde la actual pluralidad del tejido social, para contraponer a la centralización creciente del poder económico y  a la implacabilidad con las que la derecha económica y política desarrollan sus contrarreformas.

Esos retos afectan a la mayoría de la sociedad pero, esencialmente, a lo que genéricamente denominaré “el mundo del trabajo” en su perspectiva más amplia, es decir, al conjunto absolutamente mayoritario de ciudadanos que tiene como fuente principal de supervivencia la explotación de sus conocimientos, sus habilidades o su fuerza física.

Los sindicatos, la parte orgánica esencial de ese mundo, se encuentran, por partida doble, en el centro de la tensión entre las dos fuentes principales de poder citadas, los democráticos y los oligárquicos:

De un lado, son los primeros baluartes de las mayorías de trabajadores contra el poder económico articulado desde las minorías que representan al capital y sus gestores.

De otro, aportan una conexión entre la sociedad y la política, entre las resistencias espontáneas y las organizadas, entre los principios corporativos de grupo y el interés general y político de las mayorías.

En términos militares podríamos decir que están doblemente expuestos: de un lado, son el objetivo a batir mientras se mantienen en la primera línea de fuego y, de otro, están obligados a repensarse mientras retroceden reconstruyendo una línea de defensas móviles. Y ello porque son organizaciones nacidas en la sociedad industrial y encuadradas dentro de la izquierda social tradicional, que se han debilitado en la medida que aquella ha mutado hacia formulas productivas flexibles y se ha disuelto la clase obrera tradicional y  perdido sus referentes políticos.

Se debilitan , cuando paradójicamente, son cada vez más necesarias como contrapeso de poderes. De ver en qué medida surgen nuevas condiciones  que permitan pasar a la ofensiva tratan esta slíneas.

2.     La debilidad política de la clase obrera

Para abordar este asunto, arranco con una cita de Hosbawn recogida por Josep Fontana[1] que aborda directamente la necesidad de desmitificar el núcleo del pensamiento tradicional de la izquierda:

“Los socialistas, marxistas o de otra índole, se han quedado sin su tradicional alternativa al capitalismo, a menos que o hasta que reflexionen sobre lo que querían decir con el término socialismo y abandonen la presunción de que la clase obrera será necesariamente el principal agente de transformación social”.

Centrémonos en este segundo punto. La tesis que concedía a la clase obrera el papel de principal sujeto histórico de transformación tenía que ver con factores objetivos que la otorgaban una fuerza social singular medida en términos materiales. Gramsci, el último gran pensador de la corriente marxista, insistía en los años 30 del siglo pasado que su peso político no tenía nada que ver con creencias, ideologías u opiniones, era algo “independiente de la voluntad de los hombres”, consecuencia de una correlación de fuerzas sociales estrechamente ligada a la estructura económica, vinculado al grado de desarrollo de la producción capitalista. Esa correlación “que puede medirse con los sistemas de las ciencias exactas o físicas” estaba vinculada a su papel determinantes en la creación de valor pero, sobre todo, a aspectos concretos tales como “el número de las empresas o de sus empleados, el número de las ciudades con la correspondiente población urbana”, es decir, tenía que ver con la concentración territorial y sectorial de las fábricas y con el tamaño de sus plantillas.

Esa fuerza material, cohesionada, compacta, homogénea, confería a la clase obrera un “grado de homogeneidad, de autoconciencia y de organización” suficiente para aspirar a la mayor autonomía ideológica y política, capaz por tanto de enfrentarse a las oligarquías económicas dominantes y  disputarla “la hegemonía, los consensos, el sentido común”.  Su autonomía medida objetivamente era, desde luego, mucho mayor que la de otras clases y grupos cuyo papel secundario en la producción y su dispersión física les condenada a un rol subalterno, disgregado y episódico.

El peso cuantitativo y la concentración de sus efectivos era determinante para que la clase obrera fuera considerada sujeto esencial para el cambio social, la cualidad que la alejaba de ser una clase subalterna.

Pero las cosas no salieron como estaban planteadas, primero, por el propio éxito del Estado de Bienestar y su capacidad para elevar el nivel de vida de buena parte de los trabajadores y, después y definitivamente, por una nueva lógica tecnoeconómica que abriría las puertas a la globalización. El caso es que el desarrollo económico no siguió favoreciendo los factores objetivos que daban cohesión política y social a los trabajadores. Lo vemos más en detalle en el siguiente apartado.

Ahora interesa resaltar que, con esas nuevas condiciones, los trabajadores de todos y cada uno de los países desarrollados perdían capacidad de sostener la iniciativa política y se iban diluyendo hacia comportamientos defensivos típicos de una clase subalterna cuyo comportamiento se caracteriza, decía Gramsci, por la “adhesión activa o pasiva a las formaciones políticas dominantes” y su incapacidad para “imponer reivindicaciones propias” a no ser las de “carácter reducido y parcial”.

Esa debilidad política la vincula hoy Josep Ramoneda a la pérdida de “capacidad de intimidación”, una denominación precisa pues refleja que el desequilibrio en las relaciones entre fuerzas sociales es el factor determinante para entender el momento presente.  

“El problema es que las clases populares han perdido capacidad de intimidación. Y la izquierda no les ha ayudado a defenderla. Con lo cual, las élites económicas no ven necesidad alguna de hacer concesiones. (…) Al contrario: ven la gran oportunidad de revertir las conquistas sociales y de reconstruir un capitalismo más barato, por tanto, más depredador. Las fuerzas son tan desiguales que llegar a un equilibrio como el que vivieron algunos países europeos en los años de posguerra parece un sueño imposible.“ (Josep Ramoneda[2], 2012)

Asumir la “capacidad de intimidación” como un factor esencial de lucha política, es asumir que la fuerza material (medida en la capacidad de movilización en la calle pero también en votos, dineros, recursos mediáticos, apoyos institucionales) es determinante para el éxito,  que la debilidad política subsiste aunque se congreguen muchas fuerzas en el rechazo a una situación percibida como agresión, que es necesario articular una plataforma con medidas y proposiciones alternativas.

Volviendo a nuestro hilo conductor, no sabía Gramsci que, cuando diagnosticaba la debilidad política típica de los grupos subalternos, estaba diagnosticando la situación que empezaría a sufrir la propia clase obrera 30 años más tarde. En 1979, esa debilidad estaba ya clara para Alvin Toffler, autor de “La Tercera ola” y uno de los gurús que percibía los cambios tecnológicos, que se preguntaba:

“¿Qué sucederá con los partidos políticos basados en el apoyo de organizaciones sindicales (amparadas en las industrias de chimenea) a medida que el centro de gravedad económica se vaya alejando de ellos?”

Ocurrió lo que sabemos que ocurrió, que lo objetivo y lo subjetivo, lo que no depende de los hombres y lo que sí, acababa confluyendo.

Mientras a mediados de los años 70 algunos think tank conservadores de EEUU preparaban la Revolución Conservadora, los intelectuales de izquierda más conspicuos teorizaban sobre si el Estado de Bienestar era o no era ya socialismo o, al menos, poscapitalismo. Me refiero a “Problemas de legitimidad del capitalismo tardío” escrito en 1973 por J. Habermas, miembro destacado de la neomarxista escuela de Frankfurt, cuyas preocupaciones vienen a mostrar los efectos narcóticos que aquel contexto provocó en el conjunto de la izquierda. Algo parecido puede decirse de las organizaciones sindicales que debatían, en paralelo, si el sindicato debía ser una organización de gestión o servicios (viajes, viviendas) a los trabajadores.

Y también de la izquierda política: mientras una parte, la que mantenía irreductible los viejos dogmas sin percibir los cambios de fondo que se avecinan, no encuentra su hueco o se automargina, la dominante acaba construyendo un mix que combina la posición socialdemócrata en lo social, el radicalismo en los derechos civiles y las ideas liberales en el pensamiento económico. Para no hablar solo de culpabilidad y ceguera, que también la hubo, el conjunto de esas actitudes reflejan las contradicciones del mundo del trabajo considerado como un todo, pinzado entre los planteamientos colectivos de la clase obrera tradicional y los individualistas de las nuevas clases medias profesionales urbanas, esa denominación difusa que recoge colectivos que, en un 80%, están enraizados en las capas populares

El resultado es que la izquierda dominante se va diluyendo hacia una izquierda compasiva y buenista, sin ganas de disputar realmente el poder, que asume todas las tesis ideológicas que le ofrecen desde el neoliberalismo que acaba compartiendo la conveniencia de aligerar el Estado y aceptar, un minuto antes de la gran crisis, la desfiscalización como algo positivo porque “bajar impuestos es de izquierdas”.

Pero la historia no acaba, sigue su curso y la sociedad está siendo obligada a encontrar su propio camino.

3.     Tecnologías que separan, tecnologías que unen.  ¿Es posible recuperar la iniciativa?

Recuperemos el discurso de los factores objetivos.

En los primeros años 80, en la medida en que la información pasó a intercambiarse a nivel global, empezó a ser considerada un input productivo que determinaba qué operaciones podían sacarse de las empresas (y de sus convenios colectivos) sin perder operatividad. Nacían las llamadas TIC, tecnologías de la información y la comunicación, que a través de su propiedad de anular los efectos de las distancias geográficas, contribuyeron decisivamente a dos fenómenos, la externalización y la deslocalización, que contra lo esperado por la economía política, provocaron una extraordinaria fragmentación de los procesos productivos.

Los sindicatos sufrieron esa realidad como un vendaval que se les venía encima. Podían achacar maldad a los empresarios que se sumaban, a una y otra de esas medidas, pero la realidad es que, como señalara Marx en otro contexto, también los empresarios tomaban sus decisiones sometidos a la fuerza inexorable de la competencia global. Lo objetivo venía marcado por leyes económicas. Entre ellas la llamada Ley de Coase o de los “costes de  transacciones” cuyo autor, luego reconocido con el premio Nobel de Economía en 1991, se preguntaba abiertamente por las fronteras de cada empresa para concluir que “cuando sale más barato realizar una transacción dentro de su organización, hay que mantenerla dentro, pero que si es más económico salir al mercado, había que sacarlo de la estructura empresarial”. Coase lanzaba su ley bastante antes que las TIC hicieran más transparentes las ofertas externas y disminuyeran los costes de transacciones. El resultado de esa transparencia es el traslado persistente durante los últimos 30 años de la producción a lugares lejanos mientras, en cada país, se generalizaba el desplazamiento de operaciones desde la industria hacia los servicios y desde las grandes empresas hacia las PYMES.

Esas mutaciones se desarrollan con dos tiempos bien marcados: en la medida en que se desarrollan bajo el amparo inclusivo del Estado de Bienestar, gran parte de los nuevos grupos sociales que surgen por doquier, despliegan identidades propensas al individualismo al encuadrarse en lo que la sociología denomina clases medias urbanas. Pero el cambio de siglo hace coincidir la madurez de las TIC con la madurez del neoliberalismo y su voluntad de sacar partido de la exclusión del trabajo y del empobrecimiento de las clases medias . Nace un nuevo contexto que se caracteriza por el retorno a las crisis recurrentes de subconsumo (y superproducción), típicas del capitalismo, que el sistema solo corrige con el recurso desorbitado al crédito que culminan en las burbujas financieras.

¿Qué significa y qué aporta la madurez de las TIC en ese contexto?  Que después de haber puesto el acento, durante 20 años, en la capacidad de descomponer y separar lo que estaba unido (y con ello fomentar la deslocalización y la externalización de operaciones), pasan a acentuar, durante la última década, las cualidades opuestas: la capacidad de unir y ensamblar lo que se mostraba lejano y separado. Con ello, alimentan otra serie de fenómenos asociados a la colaboración desde la lejanía que afectan directamente al mundo del trabajo. Nace el denominado coworking, intrínsecamente unido al boom del emprendimiento. Y nace también el teletrabajo, otro fenómeno con gran capacidad de transformación. Pero si ambos estaban llamados para fomentar la liberación de energías humanas y la conciliación de la viva familiar y laboral, al nacer en el contexto en que nacen, surgen marcados por el estigma del autónomo, el subempleo y la precariedad.

La madurez de las TIC han hecho posible otro fenómeno aún más relevante que será objeto central de este análisis: impulsan nuevas formas de asociación entre las que destacan las redes sociales con gran impacto en la cohesión de un nuevo tipo de sindicalización de voluntades,imprescindibles para cohesionar los dispersos grupos de interés y la “democratización” de relaciones sociales.  Y con ello, acaba dinamizando los movimientos de masas en todo el mundo.

De modo que la dialéctica de los contrarios impulsa eldesarrollo de nuevos actores sociales y políticos,  fortalecidos por el desarrollo de las fuerzas productivas. Las redes sociales aparecen como determinantes de ese proceso en tanto que son “medios de comunicación cada vez más asequibles, creados por la gran industria, y que se utilizan para poner en contacto a los trabajadores de las diversas regiones y localidades”. El entrecomillado son palabras de Marx y forma parte del Manifiesto Comunista (ojo, hace 160 años); la vigencia de sus citas es el mejor símbolo del retorno al capitalismo primitivo, a la vez que facilitan conocer y otorgar importancia a los nuevos fenómenos, ya que

“…gracias a las comunicaciones, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan un carácter idéntico, se convierten en un movimiento poderoso, en una lucha de clases. Y toda lucha de clases es una acción política.”

De modo que los sindicatos, los principales intelectuales orgánicos del mundo del trabajo, que han sufrido la dispersión de efectivos de su base social, tienen el reto de imbuirse en las nuevas condiciones objetivas y asumir nuevas formas de cohesionar lo disperso incorporándose a la lógica que está permitiendo el auge de los movimientos de masas en todo el mundo. La cuestión es cómo revitalizar la idea del trabajo para que deje de ser una fuerza subalterna, sin caer en el estéril voluntarismo. O, de otro modo, analizar si las condiciones objetivas y subjetivas en las que se desarrolla el capitalismo excluyente permiten dar cohesión a lo disperso.

Es sobre ese reto, sobre las posibilidades de ese propósito, sobre las enseñanzas que se derivan de esos movimientos de masas y su conexión con las redes sociales y la tecnopolítica, sobre lo que me centraré a continuación.

4.     La crisis  y la centrifugación ideológica de las clases medias

El uso recurrente de dicotomías entre ricos y pobres o élites y ciudadanos aporta valor a la comprensión del mundo actual, pero se queda corta, por vaga e indeterminada, ya que impide vislumbrar la diversidad de intereses en juego. Esta simplificación del lenguaje tienen una consecuencia: limita la capacidad para actuar políticamente, justo lo contrario de lo que hoy se necesita, cuando lo esencial es identificar, con precisión, los intereses en juego. La misma simplificación se produce cuando se pretende reducir todo al tamaño de las clases medias, asociadas a moderación, un lugar común que pasamos a abordar. La necesidad de dar mucha más precisión al análisis social, obliga a la navegación por el interior de los intereses de cada cual y la recuperación del concepto de lucha de clases como algo objetivo que contribuye a dar identidad a los movimientos sociales.

¿Siguen siendo las clases medias un símbolo de moderación?  ¿Cuál es su comportamiento cuando se ven sometidas a los efectos agudos de una crisis económica prolongada?

Uno de los mejores estudiosos de sus mutaciones en momentos de gran tensión económica y social fue Whilhem Reich, un analista heterodoxo que integró, en los años 30, el psicoanálisis y el marxismo en sus análisis. Su obra Psicologia de masas del fascismo[3], queconecta los efectos de la crisis del 29 y el ascenso de Hitler, avanzaba una conclusión esencial para entender el comportamiento de las clases medias: la ambivalencia de su perfil capaz de alternar entre la moderación y la radicalización y, en particular, su capacidad para conectar con el liberalismo inhibidor e individualista, el radicalismo social y las patologías fascistas. De su estudio podemos deducir tres características políticas específicas de las clases medias:

·       El primero es el pavor generalizado al descenso social, identificado con el trabajo manual y un futuro degradado para sus hijos, circunstancia que se convierte en una fuente inagotable de angustia.

·       El segundo rasgo es su capacidad para desarrollar una enorme energía política, una fuerza social más potente y activa en esas circunstancias, dice Reich, que las clases obreras tradicionales. Ocurre cuando, sometidas a presión rompen sus equilibrios, los que en otro contexto las hacen parecer indiferentes.

·       El tercer rasgo es que esa energía entronca con una estructura caracterológica singular, propensa a pivotar no en torno a intereses materiales particulares, sino en torno a un núcleo subjetivo de ideales abstractos y morales (dignidad, nación, familia, religión), presentados con coberturas emocionales que pueden ser fuente, también, de intensos rechazos (fobias, rencores y odios).

Fenómenos como el del Tea Party, en EEUU, solo se entiende en este contexto. Pero también el desarrollo de fuerzas políticas como el Movimiento 5 estrellas en Italia, el 15M y el movimiento de indignados o de insurgencia democrática ampliada a muchos países del mundo. Y en medio, también las sucesivas mareas sociales que han inundado nuestras ciudades, los movimientos de resistencia que médicos, profesores, funcionarios o jueces han puesto en marcha contra las políticas de ajuste indiscriminado.

El pavor generalizado al descenso social está, sin duda, detrás del miedo que le provocan los conflictos sociales y el crecimiento de los depauperados. En momentos de crisis, las clases medias no siempre ven esas luchas como algo asociado a un avance en la conquista de derechos o a pasos hacia el progreso social sino como aviso y síntoma de su propio deterioro. Por un lado, temen la lucha de clases pero, por otra, son conscientes que está creciendo con el aumento de las desigualdades. Según una encuesta del Centro Pew[4], un 69% de los norteamericanos piensa que el conflicto entre clases es la mayor fuente de tensión en su sociedad, claramente por encima de la fricción entre razas o entre inmigrantes y estadounidenses. Ese porcentaje significa 19 puntos más que dos años antes, 2009 y se extiende especialmente entre blancos de ingresos medios, es decir, entre las clases medias cuyo miedo a la precarización, de un lado, y al desorden social, de otro, las sitúa en medio de un conflicto total, tan temido como indeseable. Esa mirada miedosa está detrás del radicalismo conservador del Tea Party lo mismo que estuvo detrás del crecimiento del nazismo, después de la crisis del 29.

El hecho es que, también hoy, la batalla política se está jugando en el terreno representado por esas clases medias, asfixiadas y angustiadas por la lógica implacable de una globalización que no parece ofrecer otra cosa que la precarización de la vida de sus hijos, profesionales sobrecualificados sin posibilidad de empleo. Arquitectos, médicos, funcionarios, abogados… acostumbrados a buscar para sus familias las mejores opciones privadas en salud y educación, conectadas al mito de “la excelencia”, sienten miedo cierto al descenso social mientras se ven obligados a recalar en unos servicios públicos progresivamente degradados. La globalización y el retorno del capitalismo excluyente “ha despojado de su halo de santidad, a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso respeto. Ha convertido en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia” (Marx en el Manifiesto Comunista).

En este contexto, lo que era una inagotable fuerza centrípeta hacia la moderación acaba convertida, mientras se acerca al precipicio de la escasez y la precariedad, en una gran centrifugadora de ideas nacidas del descontento. El deterioro social que les provocan los ajustes del Estado del bienestar, les ahoga de inquietud y las lleva a movilizarse en todos los sentidos, algunos ya claramente decantados, otros solo intuidos.

5.     La nueva energía política.  

La capacidad de los grupos sociales para interconectarse y movilizarse autónomamente tiene ya un amplio recorrido en España. Las mayores movilizaciones populares de los últimos 15 años han surgido de plataformas con capacidad para conectar un objetivo y un discurso que se propaga mediante el boca-oreja multiplicado por el efecto de los altavoces derivados del uso creciente de las redes sociales: primero desde los “primitivos” móviles y los SMS, hoy principalmente desde Facebook y Twitter.

El rechazo masivo a ETA, primero desde el movimiento Manos Blancas contra el asesinato de Tomás y Valiente (1996) y luego en Ermua contra el de Miguel A. Blanco (1997); las protestas contra la invasión de Irak en el “No a la guerra” (2003) y contra el desastre ecológico del Prestige en “Nunca Maís” (2003) o por la trasparencia en los atentado de Madrid: “Quien ha sido” del 13M (2004). Y, ya en la crisis, el de los indignados del 15M (2011), el movimiento antideshaucios de la PAH (2012) y las sucesivas mareas blanca y verde por la sanidad y enseñanza pública, azul contra la privatización del agua…Uno tras otro, son manifestaciones con suficiente entidad y similitudes como para merecer un análisis de sus lógicas diferenciales.

Aún resaltando el carácter autónomo de esas iniciativas, ha sido evidente el apoyo efectivo de los sindicatos a buena parte de ellas. La realidad que los datos objetivos muestran, y que solo desde los prejuicios se pueden ignorar, es que, sobre todo desde el estallido de la gran crisis, aquellas acciones de masas han estado intercaladas por conflictos sociolaborales y por el desarrollo de huelgas parciales o generales. Una amplia encuesta realizada por la Fundación BBVA[5] que compara la participación en la diversas acciones políticas en diez países europeos “en los últimos 12 meses” señala que en España un 23% de los ciudadanos había participado en manifestaciones, 10 puntos más que en Italia y Francia (no hay datos de Grecia y Portugal). Pero la participación reconocida en huelgas sólo está algo por debajo, un 21%, (sobre el conjunto de los ciudadanos, no sobre los trabajadores) lo que muestra que los sindicatos han sido actores esenciales de esas movilizaciones y que los conflictos que han movilizado a los españoles pivotan alrededor del doble eje ciudadanía y trabajo.  Sobre esta evidencia volveremos más adelante.

A pesar de lo anterior, una mirada política clásica podría considerar que los movimientos citados forman parte de los denominados movimientos espontáneos. Y efectivamente, por su identidad ideológica, su lejanía de las instituciones y de los partidos políticos tradicionales y su conexión a un nuevo fenómeno denominado “las multitudes inteligentes”, merecen ser consideradas así.

No es algo tan extraño que en momentos de tanta tensión social, provocada por la dureza de los ajustes en retribuciones y derechos, los partidos y las organizaciones estables sean sobrepasados por los movimientos espontáneos. Son momentos, dice Rosa Luxemburgo, en que “las masas son realmente sus propios líderes”, una realidad inmediata que no puede evitar que, a largo plazo, lo orgánico y consciente sea esencial para dar cohesión a lo disperso. Es obvio que la relación entre lo espontáneo y lo organizado está sujeto a las coyunturas, no opera lo mismo en épocas de estabilidad y paz social que en épocas de crisis. Las crisis son periodos extraordinarios propensos a las acciones de masas, a las participaciones de las mayorías, y la amplitud de las protestas sociales surgidas en ésta es algo directamente proporcional a la magnitud de las agresiones que los diversos colectivos reciben.

Sean o no sean espontáneas, (así lo diría Lenin en “Qué hacer”) su intensidad “refleja ya un cierto despertar de la conciencia” pues los participantes, al igual que los motines primitivos, las huelgas y otras luchas de masas, “perdían la fe tradicional en la inmutabilidad del orden de cosas”  y “empezaban… no diré que a comprender, pero sí a sentir la necesidad de oponer resistencia colectiva y rompían resueltamente con la sumisión servil a las autoridades“.  De hecho, toda lucha genera en sí una capacidad de identificación colectiva que es toma de conciencia aunque, a veces, “más que lucha, sea una manifestación de desesperación”. Y, de ahí, concluía, que “en el fondo, el elemento espontáneo no es sino la forma embrionaria de lo consciente”.

Más adelante veremos cual es la identidad ideológica y el nivel de consciencia que destilan esos nuevos movimientos. Y cómo se alimentan. Pero hay algo que choca entre esta experiencia y otras anteriores. La izquierda clásica creía que la energía política se desarrollaba desde “la convergencia de las reivindicaciones salariales parciales, que, bajo el impulso de la propaganda socialdemócrata, se convertían rápidamente en políticas”(Rosa Luxemburgo dixit). Eso era así porque las masas, aquellas masas al menos, no podían adquirir de forma autónoma una conciencia política transformadora, “ésta sólo podía ser traída desde fuera” (Lenin dixit) desde la vanguardia revolucionaria, como símbolo del elemento consciente.

¿Qué rasgos conscientes y que identidades ideológicas tienen los nuevos movimientos? ¿Qué capacidad tienen para desarrollar un planteamiento políticamente consistente en torno al poder? ¿Dependen de la inteligencia colectiva de las multitudes o de la individual de un líder preclaro? ¿Qué tipo de liderazgo reclaman?

Las citas anteriores de Lenin, Rosa Luxemburgo y Gramsci se referían a luchas obreras, a resistencias a la opresión y explotación capitalista, a conciencia revolucionaria… en un contexto en el que las acciones de masas tenían que ver con el capitalismo industrial.  La distancia con el presente de las redes sociales y la sobrecualificación de conocimientos respecto a lo que reclama el mercado, es abismal como ya se ha dicho. Cualquier mirada sobre los orígenes sociales de los miembros del 15M, Occupy Wall Stret o similares detecta múltiples conexiones con las llamadas clases medias urbanas, más conectadas con las capas populares. Por otro lado, en todos ellos la juventud tiene una posición relevante, algo tremendamente importante por cuanto se trata de generaciones encuadradas en los llamados “nativos digitales” habituados a compartir una “conversación universal” y cotidiana a través de las redes sociales.

6.     De las masas a las “multitudes inteligentes”: los efectos de la tecnopolítica.

Lo que está ocurriendo casi simultáneamente en diversos países podríamos denominarla una nueva rebelión de las masas pero en lugar de masas, el término que los politólogos expertos en la tecnopolitica emplean, es multitudes, o crowd en inglés. Mejor no usar el término popularizado por Ortega y Gasset, que afirmaba que masa es todo aquel que se siente “como todo el mundo” y, sin embargo, no se angustia; es más se siente a sus anchas, al reconocerse idéntico a los demás”. No ocurre lo mismo a los indignados y dreamers de todo el mundo, participantes de movimientos dotados de una fuerte identidad personal. Tampoco responde su heterogeneidad a las pautas marcadas por las clases sociales cohesionadas por intereses materiales definidos. Por ello, la sociología moderna los asigna la denominación de multitudes, un término que tiene que ver con la cultura digital que les concede nuevas cualidades, entre ellas lo que denominan, la “inteligencia colectiva” de su comportamiento.

El concepto de “masa”, en singular, surgió a finales del siglo XIX como un rechazo conservador a la industrialización, a la revolución del transporte, el comercio…  y a la propagación de las ideas de igualdad y libertad que se extienden entre la población urbana y acabaron madurando en movimientos revolucionarios. Eran un síntoma de la perdida de exclusividad de las élites que se empezaron a encontrar expuestas a las mayorías en aspectos que antes creían exclusivos, un rechazo a las ideas que venían de la Revolución Rusa. Hoy, el término multitudes quiere recuperar una idea real de la democracia (o la idea de democracia real) mientras muestran el rechazo a las élites políticas incapaces de enfrentarse al poder omnímodo del capital financiero y los mercados.

Si la idea de masas está enraizada en el capitalismo industrial, en el que el individuo se perdía en un cuerpo social uniformemente degradado, las multitudes corresponden al capitalismo excluyente y a colectivos con capacidad para la identidad personal dispersamente degradados; si antes conectaban con la masificación del trabajo asalariado y el taylorismo que ahormaba y disciplinaba el pensamiento, estos lo hacen con la fragmentación de los procesos productivos y la precarización creciente a que se somete a jóvenes y adultos. Esa realidad social tiene una consecuencia directa: ya no es posible agrupar al conjunto de los ciudadanos en torno a cuerpos simplificados y homogéneos, con una voluntad única, sino que el sistema tiende a una multiplicidad social de sujetos interconectados en red.

El concepto de “inteligencia colectiva” es una idea marxista[6] con la que diagnostica los avances en el “saber social general” que termina generando unas condiciones en las que “el plustrabajo en masa ha dejado de ser condición para el desarrollo social” y en las que “al proceso de producción material inmediato se le quita la forma de la necesidad apremiante y el antagonismo”. Marx anticipa con clarividencia una situación como la que ahora vivimos, en la que, afirma, “el capital trabaja para su propia disolución” cuando fomenta “el desarrollo libre de las individualidades” como resultado de la “reducción del trabajo necesario de la sociedad a un mínimo, que permite la formación artística, científica, etc., de los individuos gracias al tiempo que se ha vuelto libre y a los medios creados para todos”.

La madurez de ese proceso está ya hoy definiendo, no solo las nuevas formas de producción, sino también su aplicación a la política.  De un lado, la potencia social colectiva se refuerza cuando los ordenadores interconectados se convierten en los principales medios de producción y el intelecto en la principal fuerza de producción social. De otro, esa capacidad de cooperación horizontal que ofrecen las redes sociales multiplica y hace más eficiente la propia capacitación de los individuos de las clases medias formados en las universidades públicas. Desde esas circunstancias surge un mensaje político que resalta, como idea fuerza, la confianza de que las nuevas redes sociales facilitan la realización libre y voluntaria de tareas en la que pueden participar los ciudadanos, las multitudes, desde una convocatoria abierta y flexible, en defensa de un nuevo bien común.

El micropatrocinio de proyectos (fondos compartidos o croudfunding), la Wikipedia (saber compartido o croudwisdom) o las nuevas creaciones que huyen del copyright para basarse en el copyleft (Croudcreation o Creative Commons) y la explosión de proyectos basados en el coworking son las pruebas palpables del nacimiento de una nueva idea del procomún referidos a la propiedad colectiva en plena era de la economía del conocimiento, nuevas referencias del ser social en la época del capitalismo excluyente, nuevas formas de convivencia comunitarias situadas en un terreno intermedio entre lo público y lo privado.

Desde ahí empiezan a conectar con utopías que sustituyen a la fuerza que el socialismo tenía entre el obrero revolucionario, utopías que empiezan a tener un sentido distinto y preciso para sus participantes. Sus “militantes” piensan que con el actual nivel de desarrollo de las fuerzas productivas se pueden hacer las cosas de otra manera, incluida la democracia, y que hay que llevar esa buena nueva a la sociedad; que cualquier tarea cuya solución estaba dibujada dentro de su curso tradicional y cerrado se puede abrir a la participación ciudadana y que la multitud que lo asume se habilita con gran facilidad, se transforma incluso, en una comunidad con un fin compartido identificado como bien común, para cuya realización se ofrecen a través de la contribución y la colaboración desinteresada.

Quizás de ahí se nutra buena parte de su energía política. Porque no ha habido en la historia ningún gran salto revolucionario sin que, previamente, hubiera una propuesta de bien común que la representara. Podemos comenzar recordando la misma idea de los comunes, denominación que se asignaba a sí mismo el pueblo llano, origen de la democracia que hoy pervive en la cámara de los comunes del Reino Unido. También con los bienes comunales cuya defensa está en el origen de revoluciones sociales como la de los Comuneros de Castilla. Y, por supuesto, con otras muchas utopías sociales incluidas la Revolución Francesa, la Comuna de París y el comunismo.

No son energías desconectadas de la realidad económica. Los nuevos movimientos son iniciativas directamente conectadas con nuevas formas de producir que quedan frustradas o limitadas por el capitalismo excluyente mediante la degradación general del mundo del trabajo en su acepción más amplia. El reto es, precisamente, no frustrar esa energía, canalizarla y hacerla converger con otras complementarias para rediseñar el asalto al poder de las ideas democráticas.

7.     La identidad ideológica de los nuevos movimientos sociales

Ya hemos expuesto que, para W. Reich, la energía política de las clases medias en momentos de crisis  no gira alrededor de los intereses materiales particulares, algo propio de “clases más necesitadas”.  Y que su estructura caracterológica suele pivotar en torno a ideales abstractos y morales (dignidad, nación, familia, religión), presentados con coberturas emocionales que pueden ser fuente, también, de intensos rechazos (fobias, rencores y odios).

Parece conveniente no olvidar esa referencia por cuanto la gran crisis que vivimos está generando nuevos movimientos reaccionarios en buena parte de los países de Europa que pueden cristalizar, paradójicamente, en las próximas elecciones al Parlamento Europeo. Los burócratas de Bruselas tiene todas las papeletas para asumir el rol de culpable, un rol que multiplicará su difusión si se frustra la energía insurgente de los movimientos democráticos. No sería extraño que, en ese supuesto, buena parte de las bases que han apoyado el radicalismo social acabara pivotando hacia las patologías fascistas.

Pero esta realidad coyuntural, con sus riesgos evidentes, camina sobre tendencias a largo plazo del capitalismo excluyente que son sólidas y empujan, acabe o no pronto esta crisis, hacia la depauperación creciente de los amplios colectivos de profesionales urbanos. Lo que vivimos no es, sin más, una reproducción de la crisis del 29 y sus rasgos y consecuencias. El momento actual camina en el sentido opuesto a las pautas marcadas por el keynesianismo incluyente, con lo que las energías, ideologías y sentimientos de esas capas medias pueden ser fuente de renovación y transformación a largo plazo si se saben entender y canalizar.

¿Por qué la dignidad es un concepto que identifica a esas capas sociales?  ¿Por qué esa idea unifica las revueltas sociales en sitios tan dispersos como El Cairo, Madrid, Nueva York, Sao Paulo, Estambul, Londres…? A pesar de la tendencia a precarizar a las capas profesionales, a deteriorar las retribuciones y condiciones laborales, la lógica del sistema productivo tiende a generalizar el sentimiento de frustración antes que el de explotación como expresión interiorizada de injusticia.  Digamos que en la medida que el poder se difumina (mientras se fortalece) y el capital globalizado oculta su cara visible, el sentimiento de explotación, asociado a comportamientos palpables de carácter brutal y directo, emigra y provoca otras sensaciones que podemos identificar con las de frustración, exclusión, marginación, ninguneamiento, desprecio, indiferencia… Y todos esos sentimientos, con los que se identifican la mayoría de los trabajadores de cualquier parte del mundo, exigen recuperar la dignidad” como idea fuerza.

Esa idea vuelve a situar las nuevas luchas sobre el doble pivote trabajo-ciudadanía ya mencionado. Apunta también a un concepto generoso de la política. Sin estar vinculados a partidos políticos, que en buena medida representan la pequeña y sucia política, incapaz de rebelarse contra el poder real, los nuevos movimientos se caracterizan por ser clara y directamente políticos, con una percepción de la política imprecisa pero elevada y generosa, asociada a una nueva idea del bien común, ya apuntada. Esa identidad surge de su propio “ser social”, no necesitan que alguien, desde fuera, les inyecte “conciencia política transformadora”.

Juan Luis Sánchez en su libro “Las diez mareas del cambio” refleja muchos testimonios que explican y son consecuencia de una re-politización intensa. “Es la primera vez que movilizamos por lo común y no por lo dispar. No defendíamos nuestros derechos laborales…tenemos una causa superior, un bien público que une”.  En la marea verde de la enseñanza esa “causa superior” permitía converger a catedráticos universitarios, interinos de secundaria, a padres y alumnos. En la marea blanca por la sanidad publica, la convergencia abarcaba médicos y pacientes, al “rigor y la seriedad, el prestigio” de los doctores y el impulso y la fuerza de los auxiliares.

A pesar de la sensación de frustración por no conseguir resultados palpables, a pesar de la intensa campaña de desprestigio de lo público como representación clásica y asumida del bien común,la marea, dice otro luchador, “ha dejado huella” provocando el efecto contrario al deseado. “Hay una sensación de orgullo por ser profesor o alumno de la pública”.  Uno de los datos relevantes de la profunda investigación realizada por la Univesitat Oberta de Catalunya sobre el 15M[7] es que los vocablos más utilizados en los hashtag de Twitter de aquellos días y, por tanto, los polos emocionales dominantes de aquel movimiento fue “indignación” y “empoderamiento”.  El primero ya le hemos analizado, sobre el segundo nos volcamos ahora.

8.     Política y redes sociales. Sobre organización, liderazgos y jerarquías.

Una vez demostrada la capacidad de movilización de los indignados de todo el mundo, su reto es pasar de la acción reactiva a la propositiva. Es decir, deben recorrer el mismo camino que tuvieron que recorrer otros movimientos en otras épocas de cambio y ello requiere plantearse los temas centrales que se refieren al poder:

¿Cómo abordar la complejidad de la política y la lucha por el poder?. ¿Cómo sustituir a o incidir en las viejas estructuras de los partidos para encontrar su conexión orgánica con una democracia representativa repensada? ¿Cómo encontrar formas organizativas, simultáneamente participativas y eficaces, que perduren en el tiempo? Y, sobre todo, ¿cómo articular un programa de reformas y cómo vencer las resistencias de un poder compacto y agresivo al que hay que disputar, como reclamaba Gramsci, “la hegemonía, los consensos, el sentido común” en economía, religión, justicia, educación o medios de comunicación?

Si esas preguntas forman parte de la evolución de los nuevos movimientos, necesariamente tendrán que abordar la conexión con el mundo del trabajo y la organización económica y perfilar, al máximo, los  valores y propuestas alternativas al capitalismo dominante.  En ese camino, deberán encontrarse con los sindicatos, como principales intelectuales orgánicos del mundo del trabajo, si ambos saben converger hacia una relectura, como la que aquí se realiza, del pivote trabajo-ciudadanía.

En ese camino, nadie debe esperar el advenimiento de una vanguardia” que lo dirija hacia la tierra prometida. Pero tampoco son útiles los nuevos tópicos: no basta, desde luego, con reclamar el empoderamiento de las multitudes para que ésta se produzca ni con resaltar la capacidad de comunicación horizontal de las redes para justificar el rechazo a los líderes. El resurgir de formas de colaboración horizontales no excluye el uso de la red en las conexiones verticales; la capacidad para impulsar proyectos participativos de abajo hacia arriba no excluye el uso de las redes en el sentido inverso: es más, conviene reconocer que los mensajes de arriba hacia abajo, el uso vertical de las redes también está sirviendo para fortalecer la contra-insurgencia democrática y la recentralización del poder oligárquico en el mundo.

El desarrollo de las TIC y la sociedad red tiene unas cualidades que no son, en sí, un factor de progreso sino que puede ser utilizado en múltiples direcciones. En política, por ejemplo, están sirviendo de altavoz para el impulso a fuerzas reaccionarias, llámense Amanecer Dorado en Grecia o el Tea Party en EEUU. Es más, en la medida en que la red facilita los movimientos desde abajo hacia arriba, también reproduce las prácticas desiguales de la sociedad. Ejemplo: sólo el 12% de los editores de Wikipedia son mujeres;  sólo el 1,5% de los desarrolladores de software libre son mujeres. Y más aún, puede reavivar su poso conservador.  De lo invisible surgen nuevas formas de cosificación de la mujer, hasta el punto que, a menudo, internet recuerda a un “callejón oscuro donde moverse” en el que se alimentan todo tipo de acosos. El linchamiento se multiplica en la red, los rumores y los chismes también.

Buena parte del ciberutopismo sigue confiando en que el desarrollo tecnológico traerá democracia mientras, día a día, nos muestra esclavitud. Nuevos mitos sobre la participación en los procesos sociales surgen y se alimentan de una supuesta participación de los usuarios en los procesos industriales de las corporaciones tecnológicas: la afirmación “para un ciudadano es más sencillo participar de las decisiones o de los procesos de Google que de su ayuntamiento” nos muestra hasta que punto se ha extendido la colonización ideológica de empresas que cada vez más, evidencian su otro lado centralizado, opaco, monopolista e insolidario.

A pesar de ello, Google sigue siendo el modelo de la filosofía de abajo/arriba paradigma de la creación de valor en internet.  La simplicidad de las operaciones, los impulsos colaborativos, la experimentación rápida mediante procesos continuos de interacción con sus usuarios, la voluntad de ofrecerles la mejor experiencia… son señas de identidad que se extienden como valores universales característicos del mundo digital. ¿Es realmente así? ¿Es un paradigma universal que inhabilita los impulsos jerárquicos como contrarios al mundo digital? En absoluto. Si el modelo Google es un modelo de abajo/arriba el de Appel, otra empresa cuyos productos son iconos estéticos y funcionales que representan el último paso en la última innovación, es un modelo alternativo en el que la innovación surge de arriba hacia abajo. Allí, el líder, representado en el desaparecido Steve Job, ofrece un planteamiento en el que el valor depende más de la intuición de una minoría que de las aportaciones del usuario. La cultura digital camina hacia formas mixtas en la que la participación ciudadana y la intuición e influencia de los lideres pueden converger en mayor medida que nunca.

Esta dualidad de la sociedad en red lleva a plantear otra pregunta esencial. ¿El empoderamiento de las multitudes surge autónomamente, de forma horizontal? ¿Son inteligentes en el sentido de que no precisen de una organización estable y jerarquizada? La realidad es que la horizontalidad de los flujos no está exenta de jerarquía. Hay una norma, denominada “Regla 1-9-90” que cuestiona claramente ese mito. Nos señala que también en la red los nodos principales, los influyentes, los proveedores de ideas, representan sólo una pequeña minoría que simboliza con el guarismo del 1%. Ellos determinan, en buena medida, la dirección del movimiento mientras los nodos de segundo nivel, que representan el 9%, conectan a la comunidad a través de comentarios y aportaciones que enriquecen el discurso central. Es decir, editan el contenido preexistente. El resto, un 90% sigue siendo pasivo, en un papel de observadores, seguidores, mirones.

Esa jerarquía de las aportaciones, aunque debilite el mito de la inteligencia de las multitudes, no puede confundirse, no obstante, con la verticalidad burocrática de viejas estructuras endogámicas. La jerarquía de la red está asociada al dinamismo de lo real y conecta con la necesidad de renovar líderes cada vez que las circunstancias lo reclamen; la segunda, con la parálisis de lo artificioso, del “poder de los aparatos” siempre dispuestos a construir resistencias al cambio.

9.     La política en el puesto de mando

La democracia implica que la política se sitúe en el puesto de mando.

Cuando los gobiernos son débiles, gobiernan, de hecho, los poderes no elegidos, no controlados y que nunca se ven ni se van: la geopolítica imperial, la jerarquía eclesiástica, los gerentes de las multinacionales, los dueños de los grandes medios de comunicación. El único modo de que haya democracia es que la política mande. No que haya solo “gestión transparente” de las cosas, administración de lo ya existente sino que el poder político concentre suficiente poder para enfrentarse al poder económico de naturaleza oligárquica. Lo que ocurre es que el nuevo poder democrático debe ser capaz de resolver la desconfianza en los lideres que devienen en jefes desde un dialéctica personalista de la que se obtienen privilegios y control sobre la organización. Recoge tantos rechazos que se la niega su carácter democrático.

La tecnopolítica no es un concepto más del marketing y del pensamiento débil, es solo política. Es más, aspira a recuperar una idea fuerte de la política. Requiere aplicar inteligencia para hacer las mismas cosas que siempre: dosificar esfuerzos, plantear objetivos viables, hablar con cualquiera que pueda converger en esfuerzos, aprovechar todas las posibilidades de las instituciones… tareas que deben saber resolver los líderes de cada movimiento social si quiere tener éxito. Pero parte del reconocimiento de que la solución a los problemas empieza a requerir la combinación del uso de la tecnología y la acción colectiva en red. Parte de la confianza de que es ahí donde se potencian al máximo la inteligencia individual y la colectiva, la intuición y capacidades del líder y las aportaciones de los equipos que le acompañan en la aventura.

No es algo puntual válido sólo para una coyuntura política o electoral, pretende ser más bien un patrón de auto organización política en la sociedad red. Sirve a las movilizaciones de masas pero también a otorgar organicidad a la política. En una encuesta a los participantes en los movimientos del 15M incluidos en el estudio ya citado[8], se evaluaba la máxima importancia que había tenido las redes sociales en tres aspectos: la asistencia a la manifestaciones, su organización y la prolongación de la reivindicación los días siguientes. Pero se consideraban determinantes también en otros aspectos que creaban sensación de grupo como la percepción de que hay muchas más personas que piensan como uno mismo, el conocimiento de los valores que se reclaman, la percepción de que  existe un apoyo social a las reivindicaciones.

La capacidad para crear y auto-modular la acción  colectiva es una realidad diaria cuyos efectos sociales hemos visto en el ciclo histórico de protestas en los más diversos lugares del mundo. Pero aunque la emoción generada por el ”volver a estar juntos”, convocados sin instituciones, sin intermediarios, sirve de catarsis, es ineficaz por puntual, como lo fueron cientos de movimientos espontáneos de masas en el pasado. Lo evidente es que no se puede estar “organizados sin organización” ni sin dirección.

La tecnopolítica también sirve a la organización. Cuando Chris Hughes, cofundador de Facebook, se ofrece para colaborar con el Obama candidato, éste le hace una petición que resalta el aspecto práctico de las redes. Su petición no es abstracta ni utópica ni se limita a su uso como canal de comunicación. Le pide ayuda para que las redes sociales potencien su capacidad organizativa en tres campos concretos: formar cuadros y grupos de apoyo para enriquecer las políticas sectoriales, financiar la campaña y ganar las elecciones. Las ganó porque construyó una lógica participativa que aprovechó al máximo la dinámica de redes para construir estructuras adecuadas a los objetivos planteados. Se trata de una estrategia que habría firmado el propio Gramsci, el mismo Lenin, pues se trata de articular la “participación de las masas”, perdón multitudes, y convertirlas en una fuerza política material de mayor entidad.

La conexión hombre/máquina, la unidad que se genera entre ciudadanos enlazados por aplicaciones y dispositivos siempre conectados, permite integrar y jerarquizar las aportaciones inteligentes de los individuos en cuestiones organizativas concretas. No hay que soñar con que todos participen ni menos con que todos aporten, pero la madurez de las redes y de las capas sociales que las usan permiten concretar, sin demagogia, una política de puertas abiertas.  Permite, por ejemplo, incorporar a los ciudadanos  a los procesos deliberativos para la elaboración de un programa electoral. La plataforma tecnológica, IdeaScale.com, usada por los equipos de Obama en la reelección, permite que una iniciativa política concreta, aunque sea de la complejidad de un programa electoral, por ejemplo, surgida de la cúspide de la pirámide o de una fracción de un partido, pueda ser debatida, modificada, enriquecida, rechazada, con las aportaciones de la gente.

En unos casos, puede surgir de una propuesta previamente elaborada por alguien con voluntad de dirigir y capacidad para elaborar un discurso general del que puedan enriquecerse los planteamientos sectoriales. En otros, el imprescindible discurso general (sin él la debilidad de los movimientos está asegurada) surgirá como síntesis de discursos más o menos elaborados por cada colectivo sectorial.  Hay que asumir también, con normalidad, que el fraccionamiento de la agenda por intereses, afinidades y sectores provoque objetivos diferenciados para los diversos colectivos participantes.  De lo que no hay duda es de la nueva política requiere que haya grupos dirigentes organizados que interactúen con sus seguidores.  Y de que de esos procesos deben surgir unas pautas jerarquizadas que sirva de conexión entre los discursos parciales o sectoriales.

Pero la semilla está echada: la conexión hombre-máquina  abre unas posibilidades indudables de participación democrática todavía no exploradas. Basta con que uno de esos colectivos encuentre un camino no sectario, que sepa engarzar con la sociedad, contactar con sus representantes y “aprovecharse” de las instituciones, que aprenda a construir nuevos liderazgos pegados a la gente, como en España es el caso de la PAH  de Ada Colau, para que la idea del empoderamiento de las multitudes recupere protagonismo.

10.  Conclusiones: La conexión entre trabajo y ciudadanía y la nueva sindicalización de voluntades.

La cuestión es cómo revitalizar la idea del trabajo para que deje de ser una fuerza subalterna sin caer en el estéril voluntarismo.

Lo aquí defendido es un intento de demostrar la inexorabilidad de un cambio de tendencia por la suma de dos factores objetivos. Si la dispersión física está en el origen de la debilidad del trabajo, su fuerza crece potencialmente con “la llegada” de nuevas cohortes de trabajadores procedentes de las clases medias, homogeneizados a la baja por la implacable lógica de exclusión del capitalismo actual.  El primer factor, por tanto, es el reconocimiento que dispersión y precariedad y depauperación caminan hoy juntas. El segundo, tiene que ver con las  TIC, tecnologías e instrumentos que permiten la conectividad cuasi permanente de los individuos en las redes sociales y crea oportunidades de colaboración y sensaciones de afinidad y unidad que la dispersión evitaba. Si antes facilitaron la multi-fragmentación del tejido productivo, ahora facilitan una nueva forma de producir y de compartir y, en definitiva, de comportarse como ser social.

Pareciera que el trabajo está ya en condiciones de ser lo que nunca fue y siempre debió ser: la unión de ciudadanos libres organizados para crear riqueza.

Esa nueva utopía está detrás de una nueva idea de la economía del conocimiento organizada en torno a una versión revisada del bien común. De ahí nace una nueva energía social que aporta, además, nueva sabiduría en el planteamiento de los problemas y las soluciones, por cuanto conecta con capas sociales formadas en las más modernas tecnologías. Son grupos propensos a utilizar referentes abstractos y éticos para movilizarse, como la dignidad, una idea que entronca con los conflictos laborales y el cómo se siente el trabajo en relación con el capital. Grupos que reclaman una nueva idea de la política y de la organización social atractiva pero que se encuentra huérfana de realidad cuando desciende a los problemas cotidianos del mundo.

Sus aspiraciones chocan con una realidad en la que los actualizados valores del trabajo pierden presencia, sin nadie que sistemáticamente los defienda, con crecientes dificultades para abordar la dialéctica con el capital y para defenderse de la marginación a que es sometido.

Los sindicatos son los intelectuales colectivos más capacitados del mundo del trabajo. No forman parte de la nueva cultura de la economía de los intangibles ni de las redes sociales virtuales sino de la vieja necesitada del contacto físico permanente en las grandes fabricas.  Tienen capacidad para seguir los nuevos procesos pero dificultades para asumirlos e interiorizarlos.  Pero, con todo, están en condiciones de aceptar (o de debatir al menos) el hecho de que la convergencia de intereses que facilita el capitalismo excluyente reclaman una nueva forma de sindicalización de voluntades que supera las formas tradicionales. Esa unión debe conectar, sector a sector, colectivo a colectivo, los lenguajes, emociones y programas entre los múltiples grupos fragmentados que las redes, físicas o virtuales, alimentan o dan cobijo.

Repensar el concepto de sindicato de clase para alejarlo de todo sectarismo contra otras organizaciones del mundo del trabajo; acentuar, en paralelo, su condición de sociopolítico, elevando el tiro y profundizando en la idea de interés general y bien común, prolongado en una idea más auténtica de la política, son parte, en mi opinión, de las tareas pendientes.

La convergencia de intereses con los nuevos movimientos requiere encontrar un lenguaje común organización a organización, sector a sector, que acerque lo material a lo inmaterial, los intereses inmediatos a los sublimados.

El hecho es que, hoy, los sindicatos reclaman trabajo digno donde los nuevos movimientos reclaman, simplemente, dignidad.  Un símbolo claro de que unos miran al mundo desde la mirada del trabajador mientras otros lo hacen desde la del ciudadano común, sin percatarse, quizás, que hoy, trabajo y ciudadanía son las dos caras de la misma realidad, que la unión de ambos forman los pivotes del progreso social.


[1] Despues de la crisis. Revista Sin Permiso. 22 de septiembre de 2013

[2] “La izquierda y los tiempos nuevos”. Josep Ramoneda, EL PAÍS, 7 de marzo de 2012.

[3] Psicología de masas del fascismo, Whilhem Reich, 1933

[4]El regreso de la lucha de clases”. EL PAIS, 21 de febrero de 2012

[5] Valores Políticos y Crisis Económicas. Departamento de Estudios Sociales y Opinión Pública de Fundación BBVA

[6] Carlos Marx los emplea con el término inglés “general intellect” en Grundisse y Manuscritos Económicos, 1861/63 apuntes de sus reflexiones e intuiciones sobre el valor del trabajo y su evolución con el desarrollo economico.

[7] “Tecnopolítica: la potencia de las multitudes conectadas”. Trabajo coordinado por Javier Toret desde el Internet Interdisciplinary Institute.

[8] “Tecnopolítica: la potencia de las multitudes conectadas”. Trabajo coordinado por Javier Toret desde el Internet Interdisciplinary Institute.

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Written by Ignacio Muro

27/12/2013 a 22:17

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