Ignacio Muro Benayas

Política, economía, medios, participación

Troceamiento y trazabilidad del trabajo: las nuevas relaciones de producción en la economía digital

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Para HOAC / Revista Noticias Obreras

El conveniente diálogo con las utopías del pasado

Hace 150 años los socialistas revolucionarios identifican los rasgos del futuro soñado mediante algunas propuestas sociales que condensaban sus aspiraciones. Recordarlas y hacer una lectura atenta de lo que significaban permiten enmarcar y servir de hilo conductor al análisis de la realidad del trabajo hoy día.

  • En 1845, Karl Marx sintetizaba la utopía de una sociedad comunista imaginando un entorno en la que los trabajadores serían liberados de la monotonía de un solo trabajo agotador para “cazar por la mañana, pescar a mediodía, criar ganado por la tarde, criticar después de la cena”. Trabajos libres y diversos a lo largo de la semana o en una misma jornada, sin horarios fijos, intercalando actividades intelectuales y manuales, sin una única especialización… así se imaginaba el sueño de un trabajo enriquecedor, superador de rutinas.

El trabajo se fragmentaría en un conjunto de actividades voluntarias como consecuencia de las facilidades aportadas por los  avances tecnológicos capaces de universalizar lo que, más recientemente, el científico Stephen Hawking denominaba “lujo ocioso”. La tecnología sería la solución, nunca el problema.

Algo parecido nos venden hoy desde la ideología tecno-optimista de Silicon Valley. Y algo de razón llevan. El cambio tecnológico ha barrido con la monotonía del trabajo típica del capitalismo fordista y ha fragmentado el trabajo y la vida de buena parte de los jóvenes profesionales pero no de la forma liberadora que soñaba Marx.

La sustitución del trabajo repetitivo, monótono y rutinario que Marx asociaba al desarrollo pleno de las potencialidades humanas, deja paso a un nuevo modo de vida dual en el que la marginación y la precariedad más ramplonas conviven con la máxima facilidad para desarrollar ciertas actividades creativas que facilitan las tecnologías digitales. Por un lado, empuja a jóvenes y adultos a asumir subempleos fragmentados de cualquier tipo (cuidar niños, servir copas, hacer sustituciones, transportar enseres…) que les permiten sobrevivir. Por otra, les facilita que puedan destinar su “tiempo libre”a proyectos creativos o sociales de matriz colaborativa(escribir un blog, elaborar y difundir videos, componer música, compartir ocio creativo y aficiones de todo tipo con gentes lejanísimas…) que les aportan satisfacción y en los que dan salida a la alta cualificación para las que les han preparado, pero que el mercado no valora.

El capitalismo nos acerca, a su manera, a las posibilidades de realización del trabajo que pudieran asociarse al troceamiento de tareas productivas para frustrarlas seguidamente. Sus mitos de realización y ascenso social solo sirven para una minoría. Para el resto, sometidos al reino de la necesidad nos niega la libertad de elegir mientras nos remunera con niveles de supervivencia.

  • Hay otra máxima, atribuida a Louis Blanc, socialista utópico de mediados del XIX, que representa todavía hoy la forma más justa de imaginar la creación y el reparto de la riqueza. Dice así: “de cada cuál según sus capacidades, a cada cuál según sus necesidades”.

Cuando Marx se pregunta en qué condiciones materiales sería posible su desarrollo se contesta:

“ (…) cuando la antítesis entre trabajo mental y físico haya desaparecido (…), cuando a la par del desarrollo global del individuo hayan aumentado las fuerzas productivas y los manantiales de la riqueza colectiva fluyan más abundantemente”.

Lo curioso es que parece caracterizar rasgos que ya se cumplen. Tanto que si la sociedad se lo propusiera hoy estaría en condiciones, primero, de conocer cuáles son las capacidades y necesidades de cada uno y, después, de atenderlas a lo largo de las diferentes etapas de su vida. La capacidad para  gestionar millones de datos de forma instantánea y descentralizada y de conocer y trazar las necesidades sociales en detalle, nos permitiría abordar con éxito ese reto.

Hoy es posible conocer los gustos, inteligencias, pretensiones, angustias, disponibilidades, carencias, formación, entornos familiares, aptitudes o limitaciones físicas … de colectivos y personas. De hecho, Google, Amazon y equivalentes ya las van conociendo. A la par, desde el sistema productivo nos acercamos al momento de poder ofrecer productos y servicios personalizados que respondan y atiendan las demandas sociales singularizadas.

Además, la gestión anónima y descentralizada que permite el  blockchain, la tecnología de la llamada “cadena de bloques”, podrían hacer posible conseguir estos retos con las máximas garantías de privacidad, para que los centros de poder no se aprovechen de ello del modo en que el “gran hermano” de Orwell simbolizaba.

Pero, como sabemos, la lógica capitalista se está encargando de enturbiarnos la utopía asociada a una trazabilidad positiva del ciudadano trabajador al convertir sus datos en la materia prima y fuente principal de los negocios que caracterizan al último capitalismo.

Hasta aquí, el repaso a las utopías del pasado y su contraste con el presente. Era necesario acudir a ellas para situarnos en un contexto intelectual adecuado: el que permite asumir que el  troceamiento y la trazabilidad del trabajo, dos fenómenos teñidos de connotaciones negativas, no pueden hacernos olvidar las maravillosas potencialidades que encierran si fuéramos capaces de combatir sus injustas manifestaciones y desarrollar el entorno legal y regulatorio adecuado.

Ahora, lo que procede es profundizar en su conocimiento para ver de qué modo conseguimos que las mejoras tecnológicas que hoy nos capacitan para entornos creativos y una organización social especialmente justa, evitan ser fuente de alienación y de injusticia

 Economía digital: un nuevo modo de producción está en marcha.

 No hay un solo modo de producción capitalista: coexisten diversos modos de producir con valores y lógicas diferentes que compiten para conseguir hegemonía de las fuerzas que representan.  Es cierto que todos comparten lo que son los tres rasgos esenciales del capitalismo, (la propiedad privada de los medios de producción, la asalarización del trabajo y el uso del mercado como centro de asignación de recursos) pero debajo de ese paraguas común hay significativas diferencias, que he sistematizado en otros trabajos.

La economía digital destaca por la capacidad para aprovechar la inteligencia colectiva dispersa y darle una salida en los entornos colaborativos que facilitan las tecnologías de red. Incorpora una nueva forma de trabajo y de ocupación de las personas que obliga a repensar las organizaciones empresariales, las dinámicas sociales y las relaciones de producción.

Por un lado, se somete a la lógica dominante capitalista pero, por otro lado, se aleja de las ideas de salario,  mercado y propiedad privada tal como los hemos conocido. De un lado las trasciende, de otro queda inmersa en sus lógicas.  De un lado, se aleja de la propiedad privada de los medios de produccion, de otro asume la iniciativa “privada” de la organización de los intercambios. De un lado, prescinde de lo conocido en todo lo que supone aspectos organizativos y funcionales; de otro, queda subyugada por la lógica de la apropiación y el beneficio.

De un lado, facilita nuevas lógicas de valor (la wikipedia, las licencias de código abierto) que no caben en los planteamientos mercantiles; de otro, mercantiliza múltiples relaciones sociales (“ligar”, pedir un taxi, comprar una pizza…) que antes se resolvían en entornos humanos de proximidad. Al tiempo, facilita el intercambio comercial de recursos infrautilizados (habitaciones sin uso, vehículos o habitaciones parcialmente utilizados, tiempos libres de hombres y mujeres…) incorporando la lógica mercantil en la reutilización de recursos que simboliza la economía circular.

Es un nuevo modo de producción que se repiensa y desarrolla en el marco de la economía global capitalista. Pero con rasgos propios:

No existe una unidad de producción, una sede física o centro de trabajo, pero sí un identificador fiscal que ofrece una sede jurídica en donde queda registrada la propiedad privada del negocio que gestiona el intercambio de trabajo y de medios de producción.

El intercambio se produce directamente a través de plataformas (que, metafóricamente, se ubican “en la nube”) que conectan informalmente a personasaisladas, (que normalmente aportan sus propios medios), ubicadas en diferentes escenarios con diferentes entornos sociales y normas legales, sean laborales o mercantiles.

La retribución de los trabajadores se produce por medios electrónicos y es rastreable, deja huella, (el nuevo autónomo deja de ser objeto de economía sumergida) mientras la dimensión intangible y global de los intercambios facilita su opacidad y la elusión fiscal desde la plataforma.

La economía digital obtiene especiales ventajas de la globalización al situarse en espacios de frontera desregulados en las que las instituciones tardan en posicionarse. Si esas fronteras están en continuo avance y el gap regulatorio se sitúa en el entorno de 10 años, es fácil imaginar el tamaño del “negocio liberado” que pueden generar en esos espacios sin ley.

Una conclusión se impone: si el capitalismo cristalizó a lo largo de décadas en unas normas en las que se reflejan un orden socialy unas relaciones de producción parece evidente que los cambios que introduce la economía digital obligan a reordenar simultáneamente todo el ordenamiento mercantil, fiscal y laboral, no solo este último.

Del troceamiento del trabajo al taylorismo digital

La fragmentación o troceamiento del trabajo es uno de los fenómenos más significativos que ha traído consigo este capitalismo digital. Es la condición necesaria que hace posible la creciente trazabilidad del trabajo en tanto que mercancía en condiciones de ser exhaustivamente exprimida en todo momento, en todo lugar y en cualquier circunstancia.

El troceamiento abarca varias etapas que se han desarrollado a lo largo de los últimos 30 años: empieza con la fragmentación funcional de procesos productivos que asociamos a la externalización y a su paralela aplicación territorial que origina la deslocalización; sigue con la fragmentación de los contratos (temporales y tiempo parcial) que asociamos a la máxima rotación y volatilidad del trabajo y culmina con la fragmentación de tareas (microtareas) como nueva unidad básica en la contratación digital.

El resultado de esos cambios contribuye a desvirtuar el sentido histórico-jurídico que otorgaba unidad al trabajoen el sentido económico y de derecho, fragmentando procesos, troceando tareas, hasta llegar a construir nuevas unidades asociadas a rutinas mínimas intangibles. Significa el desarrollo de un nuevo taylorismo digital caracterizado por una nueva vuelta de tuerca en la capacidad del sistema para la extracción y capitalización de rutinas y perfiles del trabajo humano.

A comienzos del siglo XX el taylorismo se volcaba en estudiar la relación entre el obrero y las técnicas modernas de producción industrial, con el fin de maximizar la eficiencia de la mano de obra, mediante la división sistemática de las tareas. Su apelación a la “organización científica del trabajo” se sostenía principalmente en el análisis exhaustivo de sus secuencias y procesos, el estudio detallado de movimientos del trabajador en cada instante y el cronometraje de las operaciones.

Mientras el taylorismo estuvo asociado al maquinismo y se caracterizó por desmenuzar y fragmentar las operaciones mecánicas, el taylorismo digital asociado a las tecnologías de la información se caracteriza, como señalan  Brown, Lauder y Asthon, por su capacidad de desmenuzar las operaciones intelectualesy los procesos intangibles asociados a los servicios.

Somete las tareas, hasta hace poco consideradas no mecanizables, de carácter creativo, intelectual, propio de las clases mediasprofesionales, (abogados, médicos, arquitectos, ingenieros…) en algo digitalizable consiguiendo que la capacidad humana de decisión y juicio pueda ser sustituida por programas automáticos con protocolos de decisión informatizados.

Capitalismo digital: más devaluación del trabajo, más acumulación de capital.

El taylorismo fue y es mucho más que un conjunto de técnicas productivas. Se trata de una autentica filosofía que genera un modo de produccion y unas relaciones sociales determinadas. Si hace 100 años dio lugar al capitalismo fordista, hoy es el sustento del capitalismo digital.

En ambos casos, a través de un mayor control sobre los procesos productivos y los tiempos del trabajador fomenta una nueva oleada de acumulación de capital que va acompañada de una devaluación y depreciación del trabajo. A cada paso dado en la devaluación del trabajo le corresponde un salto en la acumulación de capital y viceversa. Al estandarizar y devaluar buena parte de las operaciones intelectuales debilita los mitos de la llamada “sociedad del conocimiento” que consideraba que la inversión en formación era la inversión más rentable de este periodo histórico. El subempleo y la sobrecualificación de los profesionales y la crisis de los créditos para financiar títulos universitarios (gravísima en EEUU) son sus síntomas.

Los sistemas de retribución cambian tambien con los nuevos modos de producir. Si el taylorismo introdujo los sistemas de retribución variable y el pago de primas al rendimiento planteados como mecanismos de motivación, el desarrollo del trabajo autónomo en sus múltiples formas anticipan la crisis del salario como forma de retribución que el pago por las microtareas soportadas mediante algoritmos expresan en su plenitud. Tambien ahora, esas formas de retribución se venden como manifestación de la libertad del nuevo trabajador, cuando no son más que otra justificación de nuevas formas de dependencia humana.

Decía Adam Smith, padre de la Economía Política, en “La riqueza de las Naciones”  que, con las máquinas, “el trabajo termina reducido a unas pocas operaciones muy sencillas: por lo general, una o dos” y que, esa rutina se vuelve autodestructiva y acaba deteriorando al trabajador hasta el punto que acaba por “volverse todo lo estúpido e ignorante que puede volverse un ser humano”. El nuevo taylorismo busca también esa simplificación cuyas consecuencias son el empobrecimiento humano mientras presume de traspasar a las máquinas la “inteligencia artificial”.

El nuevo orden muestra rasgos preocupantes al fomentar unas determinadas relaciones de poder que reclaman un régimen  vertical de funcionamiento. Así lo puse de manifiesto en Esta no es mi empresa 2010, Ecobook):

“Si cada persona es considerada solo una pieza ciega de una gran máquina, integrada a su vez en un engranaje social, se justifica que sea tratado como tal: como un individuo renuente cuyos esfuerzos hay que definir, controlar y sancionar. Por eso, el taylorismo sólo reclamaba del nivel social inferior, los obreros de la cadena, diligencia y disciplina, atributos imprescindibles para el funcionamiento del conjunto. Y del superior determinación y firmeza. También ahora, en la medida en que el nuevo taylorismo simplifica las operaciones se acentúa la autoridad”.

En esas estamos. En lugar de avanzar en formas participativas horizontales para las que las pautas en red facultan especialmente, este capitalismo ha preferido nutrirse del taylorismo digital que sanciona las empresas jerarquizadas (aunque convenientemente envuelvas en retóricas colaborativas.)

La gestión de perfiles y la trazabilidad de la mercancía “ciudadano”

La capacidad para perfeccionar la extracción de valor de las rutinas y perfiles de los ciudadanos es una de las características esenciales de las tecnologías digitales.  Las personas somos ya un producto al que su trazabilidad les convierte en fuente de datos y de negocio de gran importancia.

Lo que empezó como algo limitado a algunos productos,destinado a rastrear su histórico, su ubicación y su trayectoria a lo largo de la cadena de suministros, se extiende ahora a todos los aspectos en los que el rastreo de datos ofrece opciones de negocio.

Usted, como lector de información en internet, es ya “una mercancía trazable”. Se habrá dado cuenta que después de interesarse en Google por cualquier producto (un tipo de zapatos, por ejemplo) los anuncios de zapatos similares le aparecerán en cuantas noticias lea o webs visite desde ese momento. Le siguen al milímetro. Es la consecuencia de la llamada  “publicidad programática” que está basada en algoritmos que establecen coincidencias instantáneas entre su navegación por la red y los espacios disponibles en diversos medios online, que permiten casar los datos que tienen los anunciantes respecto al perfil de lo que usted aporta. Esa “coincidencia” es transferida instantáneamente de una web a otra en la medida que usted navega, de modo que va enriqueciendo el conocimiento de su perfil en cada paso que da.

La información que interesa para cada producto y para cada ciudadano se gestiona desde plataformas de Marketplaces en las que convergen y se sistematizan los datos obtenidos y suministrados por los Data Partners. Ese rol lo cumplen Google, Microsoft, Amazon, Telefónica, Airbnb, Inditex… pero también cualquier empresa con grandes ficheros de clientes a los que hayamos autorizado mediante un “acepto”, más o menos inconsciente, a gestionar nuestro perfil.

De modo que usted (y tambien el zapato como mercancía física) son “productos trazables” perseguidos al detalle y sobre los que se acumulan los datos básicos almacenados (de usted, sus gustos y necesidades pero tambien sus opiniones; del zapato, los posibles compradores) que son procesados en esos grandes Market Places hasta convertidos en objeto de comercio que ofrecen como producto elaborado al mercado. No lo olvide: el producto (también) es usted.

Tecnologías y herramientas para la trazabilidad

Obtener la traza que va dejando por los diferentes procesos productivos (sus manipulaciones, su ubicación en turnos y lotes, su densidad, su temperatura o las variaciones en su composición) requiere información certificada y verificable, transparente.  Solo así es posible confiar en los datos que muestran las cualidades que singularizan el valor de cada producto para el consumidor final.

La trazabilidad de las mercancías ha precisado de un conjunto de procedimientos y herramientas sin los que hubiera sido imposible rastrear el histórico, la ubicación y su trayectoria a lo largo de la cadena de suministros: las normas ISO, los códigos de barras, la identificación por radiofrecuencia, el etiquetado de los alimentos, los sistemas de gestión de calidad… y, en el futuro, el internet de las cosas, forman parte de ese elenco de recursos.

Del mismo modo, la extensión del concepto de trazabilidad a la mercancía “ciudadano” es posible por un conjunto de herramientas tecnológicas que la hacen transparente y posible. Podemos destacar cuatro:

  1. La extensión de la economía de las plataformas en la gestión de servicios y su capacidad para integrarlos verticalmente en simples aplicaciones que ofrecen servicios universales (alojamiento, transporte, mantenimiento, logística, comercio…) y acumulan datos de los usuarios.
  2. Las posibilidades que ofrecen los algoritmos para la gestión compleja de perfiles humanos que permite sistematizar su conocimiento desde el tratamiento de sus rutinas, opiniones, gustos, habilidades y cualidades, en tanto que consumidores o productores.
  3. La universalización de los smartphones y otros dispositivos móviles que acompañan y forman parte de la identidad de las personas y permiten ubicarnos, junto a nuestros acompañantes, en un lugar en cada momento.
  4. Por último, el blockchain o cadena de bloques, la última tecnología que perfecciona la trazabilidad al ofrecer seguridad y privacidad a las transacciones a partir de la tokenización de la información. Se trata de una alternativa a la encriptación que en vez de basarse en un cifrado de extremo a extremo entre dos puntos, (como en el sistema interbancario) reversible mediante el código de desencriptación que conocen solo las partes interesadas, se convierte en un procedimiento universal y matemáticamente irreversible que no depende de ningún verificador.

El token es un pasaporte digital que permite que los datos naveguen por la red con la seguridad aportada por una clave aleatoria e irrepetible de 6 dígitos, generada automáticamente por un algoritmo, que cambia cada pocos segundos e incluye todos los datos de la transacción y sus participantes, manteniéndolos en la más estricta privacidad sin necesidad de que nadie los garantice.

 

El trabajo como “objeto trazable”: el futuro se nos viene encima

Cada producto tiene su proceso productivo y su trazabilidad. No es lo mismo la trazabilidad del acero o la del cemento que la de la merluza o los medicamentos. Ni, por supuesto, la del trabajo. Cada proceso requiere no solo unas herramientas especificas sino también unos datos específicos que permiten certificar un recorrido y unos rasgos cuantitativos y cualitativos.

El contexto de la trazabilidad del trabajo es evidente. Los dispositivos y las nuevas herramientas extienden el tiempo de trabajo a cualquier lugar, cualquier momento y cualquier circunstancia. La disponibilidad del trabajador se convierte en un valor en si mismo, al margen de lo que diga oficialmente la jornada. La frontera trabajo-no trabajo se diluye. Las plataformas de la “economía colaborativa” requieran a los participantes que dejen constancia en cada momento si está ocupado, disponible o no disponible. Esos son los parámetros ahora. El derecho a la desconexión de los dispositivos se formula como deseable pero es difícilmente regulable, como si el trabajo presencial continuara en formas implícitas de teletrabajo, configurando espacios indistintos y contiguos.

El salto dado hacia la trazabilidad del ciudadano como mercancía (su perfil, sus datos) es determinante para construir la trazabilidad del trabajo. El trabajo, recordémoslo, es una actividad humana que, en sí, no puede concebirse de forma individual o aislada, pues su aportación se materializa colectivamente y su valor depende de un clima laboral determinado, que activa su colaboración, provoca su inhibición o, incluso, su resistencia. Pero da lo mismo: el capitalismo prefiere simplicarlo como una mercancía individualizadade modo que hablar hoy de trabajo significa (casi exclusivamente) hablar de “mercado de trabajo”.

En ese contexto, es obvio que cualquier dato que pueda obtenerse mediante los instrumentos existentes, que sea relevante para singularizar el valor de su aportación en contraste con el precio pagado por ella, que no esté prohibido por leyes en vigor, será incorporado a los análisis. Aprovechar las lagunas regulatorias, sortear los contrapesos y las “rigideces” que conlleva someterse a la negociación colectiva, se percibe como una necesidad si se quiere aprovechar las ventajas del momento. La nueva oleada de acumulación de capital depende de esas ventajas.

La capacidad para disponer de todos los datos precisos y contrastados de su histórico laboral (origen, formación, experiencias laborales, participación en conflictos, absentismo, incidencias… ), la capacidad para rastrear su recorrido presente (donde está en cada momento, tiempos dedicados a desplazamiento y a trabajos específicos, los descansos…) o para medir su contribución (la productividad en cada momento, indicadores de eficacia y calidad, evaluación de su trabajo…) están entre ellos.

Los espacios que interactúan y aceleran la trazabilidad del trabajo

 La trazabilidad se manifiesta y hace visible de múltiples formas cuyos efectos interactúan entre sí y multiplican su capacidad de desarrollarse.

  1. La nueva búsqueday selección de personal se estructura a partir de nuevas herramientas basadas en blockchain.Forman parte de nuevas lineas de servicios que paradójicamente se agrupan bajo la denominación de “reclutamiento”, un término asociado a la milicia que anticipa ya la importancia asignada a los candidatos.  Para la selección utilizan parámetros que priorizan a unos sobre otros atendiendo a los perfiles y datos históricos digitales de cada trabajador. No son concebibles “listas negras” que penalizaran a los trabajadores incómodos pero, si las hubiere, sería tarea objetiva asignada a los propios algoritmos.

La plataforma Chronobank especializada en los servicios de contratación de autónomos (ha leído bien, solo de autónomos) mediante la tecnología blockchainque permite clasificar y seleccionar a los candidatos atendiendo a su “reputacion” y anuncia el uso de “contratos inteligentes” anticipo del posible uso de monedas virtuales para el pago de servicios.

  1. El control de la actividady rendimientos la aporta automáticamente el dispositivo que acompaña al trabajador, normalmente su propio smartphone. Cuando se trata de servicios que conllevan desplazamientos (mantenimiento, reparaciones, seguridad, transporte, servicios al hogar…), ese control comienza conociendo el tiempo que tarda en llegar al lugar y preparase para la tarea, el tiempo ocupado en resolverla, las consultas que realiza a través de su monitor de apoyo y la firma del usuario-cliente como garantía de culminación del servicio.

El brazalete que ha patentado Amazon es un nuevo dispositivo pensado para actividades desarrolladas en grandes instalaciones. Permite identificar los movimientos y el lugar exacto de las manos de los trabajadores controladas por vibración con el objeto de reducir el tiempo perdido. La intensidad del trabajo o el relajo y escaqueo en las tareas, y, en consecuencia, la productividad de cada persona son medidos minuto a minuto.

  1. La geolocalización aporta nuevas soluciones de identificación y optimización de los servicios.Los dispositivos no solo aportan nueva capacidad para controlar el trabajo: en multitud de servicios la operatividad de una transacción está condicionada por la atención al demandante (proximidad, disponibilidad, respuesta rápida), a su vez, condicionada por la ubicación de los intervinientes medida por GPS, determinante para responder a una demanda instantánea.

Todo ello se refuerza por el hecho evidente que, cada vez más, cualquier lugar puede ser ya lugar de trabajo.

  1. Las políticas de retribuciones y promocionesempiezan a estructurarse mediante algoritmos. El volumen creciente de datos disponibles sobre cada persona (big data) tiene en las empresas una aplicación evidente para la gestión del trabajo asociada a los algoritmos. Permiten construir ecuaciones complejas de las que se obtengan “propuestas objetivas” que personalizan la trayectoria de cada trabajador.

No solo las plataformas colaborativas volcadas en el trabajo de autónomos, como Uber, o de Google España que confía en su sistema basado en algoritmos para impedir la existencia de brecha salarial entre hombres y mujeres. Muchas de las grandes corporaciones se sienten tentadas a ese nuevo mito que pretende “objetivar” las relación con sus empleados.

  1. Los algoritmos facilitan también que sea el propio usuario/cliente el que aporte su “evaluación democrática”del trabajo realizado. Esas valoraciones forman parte del histórico de cada trabajador y se convierte en un rasgo esencial que mide su reputación. Cambian los parámetros de gestión de recursos y cambian los sistemas de confianza

Que el usuario externo se vea conminado a evaluar el servicio recibido mediante el uso de varios emoticones que sintetizan su grado de satisfacción son ya pautas normales en  las actividades en las que se produce una atención persona a persona  (comercio, mantenimiento y reparaciones, talleres, hostelería, call center …). Allí es normal también que una valoración inferior a un 8 sobre 10, provoque automáticamente una penalización en la retribución.

El cambio significativo es cuando se extiende ese ejemplo a todas las empresas y son los usuarios internos (jefes, compañeros, subordinados), a través de sistemas de Evaluación 360, los que evalúan democráticamente al trabajador.

A modo de conclusión

La regulación de los nuevos límites es la batalla en la que lo democrático se juega el futuro.

Si la negociación sobre los parámetros de medición de “métodos y tiempos” en el taylorismo fue una batalla fundamental en la lucha sindical para la cuantificación de las primas por productividad, más importante aun es conseguir hoy incorporar transparencia y normas en los “métodos y tiempos” en los que la trazabilidad del trabajo se manifiesta.

La trazabilidad del trabajo tambien es una oportunidad. Si toda la actividad de los trabajadores queda registrada electrónicamente también estará disponible para la inspección de trabajo que tendría más facilidades para verificar si el tiempo de trabajo efectivo (las horas extras) se abona adecuadamente. Un simple ejemplo entre los muchos posibles.

La tarea es evitar que la tecnología sirva al perfeccionamiento de nuevas formas de explotación y precariedad, es evitar que la opacidad de los algoritmos encubra sesgos sociales calculados, que los perfiles de cada trabajador construidos desde los múltiples rastros que va dejando en sus diferentes puestos de trabajo se filtren o comercialicen como si se trataran de una mercancía más. La tarea es evitar que el avance tecnológico legitime el retroceso a nuevas cavernas sociales.

 

 

Ignacio Muro Benayas

@imuroben

 

 

 

 

 

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Written by Ignacio Muro

22/10/2018 a 12:02

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