Ignacio Muro Benayas

Política, economía, medios, participación

Sin explicaciones al descenso de la productividad en todo el mundo

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Ignacio Muro   Para Bez.es  

Economía digital, robots, innovaciones colaborativas, despliegue de tecnologías disruptivas en numerosos campos sociales. Y entonces, ¿por qué desde mediados de los años 70 los incrementos de la productividad del trabajo son cada vez menores? ¿Por qué, países de perfiles tan diferentes como EEUU, Japón, Alemania, México o Turquía convergen hacia crecimientos anuales de productividad cercanos al 1%, seis veces menores que los conocidos en los años 60?

¿Reflejan toda la realidad los gráficos y las estadísticas?

Es la primera duda que le surge a The Economist cuando aborda esta cuestión. El problema no es real, solo es de medición, dicen algunos. El progreso tecnológico en la economía de los intangibles aumenta la productividad en espacios y formas que los organismos de estadística no son capaces de detectar: entornos wiki, servicios colaborativos, intangibles financieros…representan nuevos servicios con valores de uso reconocidos por el gran publico, como las redes sociales, que, sin embargo, no son fácilmente monetizables, es decir, no encuentran su valor de cambio.

sin-tituloDe ser así, los defectos en la medición serían solo parciales, limitados a algunos servicios de los sectores de vanguardia de los países más avanzados. Y transitorios, porque deberían resolverse al alcanzar cierta madurez comercial esas tecnologías. Pero no podrían justificar una desaceleración tan persistente en el tiempo, tan general en países muy diferentes y tan pronunciada. Ni explica por qué comparten el mismo fenómeno EEUU con naciones industriales especialmente competitivas en bienes industriales de alto valor, como Alemania, o países emergentes como Turquía o México que, por no estar en la frontera de los últimos avances, les debería bastar con replicar tecnologías ya contrastadas para aumentar su productividad.

Por otro lado, las estadísticas sí han detectado las mejoras en productividad producidas en Japón (entre 1985 y 1995, coincidiendo con el desarrollo informático) o en Alemania en la década de los 90, coincidiendo con la unificación, o en EEUU, entre 1995 y 2005, coincidiendo con el inicio de las punto com. Y han detectado tambien que en cada uno de esos momentos cresta el incremento de la productividad perdía altura en relación con los anteriores. Nos enfrentamos, por tanto, a un problema de base real, no ficticio.

 Innovaciones limitadas, oligopolios tecnológicos y financiarización de la economía, otras causas.

De modo que o los avances que tanto celebramos les falta la capacidad de arrastre sobre el conjunto de la economía que sí tuvieron la electricidad o el automovil en el siglo XX, (tesis de Robert Gordon, economista de la Universidad de Northwestern) o estamos creando una economía dual, con sectores muy dinamicos que conviven con actividades de muy baja productividad (vendedores al detalle, cajeros y trabajadores en servicios de fast food son las ocupaciones más nuemrosas según la Oficina de estadísticas de EEUU) que compensan el efecto de los primeros. Y con grandes corporaciones altamente tecnificadas rodeadas de micropymes poco productivas (en Japón las PYME conforman 99.7% de los 4,2 millones de empresas existentes, un problema parecido al de España).

Los defensores de la desregulación defienden que la poca flexibilidad de muchas economías ricas les lleva a retener los negocios más obsoletos mientras favorecen el desplazamiento de las iniciativas más productivas hacia países emergentes sin corsés sociales, considerados más dinámicos. Los datos señalados en el cuadro, que incluyen a México y Turquía, no lo corroboran pero como argumento ideológico, sirve.

Otros añaden nuevos datos estructurales referidos a los sectores tecnológicos: solo unas pocas empresas conocidas por todos, las Google, Amazon y compañía, concentran la mayoría de la actividad en el sector privado mientras que un gran número de nuevas startup no consiguen hacerse grandes. Con ello, apuntan Jorge Guzmán y Scott Stern, del MIT, que la creación de grandes oligopolios tecnológicos puede estar frenando la competencia y empezar ya a ser un factor retardatario. Y añaden un nuevo dato: las grandes tecnológicas están empezando a aumentar su propensión a depositar sus ganancias en los mercados financieros antes que reinvertir de nuevo en el negocio tecnológico. Si fuera así, la economía productiva no estaría alimentándose adecuadamente con nuevas inversiones que potenciaran cambios en la productividad.

Los bajos salarios alimentan la baja productividad

Algunos otros economistas se centran en la relación bidireccional viciosa entre baja productividad y bajos salarios. Si los bajos salarios se justifican porque hay baja productividad también ocurre lo contrario: que la precariedad del trabajo desincentiva para invertir en nuevas máquinas que los reemplacen. Las inversiones en cajeros automáticos en supermercados son menos atractivos cuando hay un excedente de desempleados disponibles con sueldos precarios. ¿Para qué invertir en nuevos sistemas si obligando a trabajar más horas o reduciendo el salario hora aumento los beneficios?

De esto sabemos mucho en España. Las políticas del gobierno han elegido esa opción: eliminar colchones sociales, liberalizar el despido, incentivar la contratación a tiempo parcial, todo ello para favorecer el empleo barato que sacraliza las peores rutinas empresariales y un modelo low cost basado en la baja productividad. Pero no es solo en España. João Paulo Pessoa y John Van Reenen de la Escuela de Economía de Londres, argumentan en el mismo sentido para explicar los rasgos de la recuperación del empleo con baja productividad en Gran Bretaña y EEUU en los últimos años.

Economía colaborativa y otras innovaciones para la subsistencia.

No es solo que los bajos salarios desincentivan por el lado de la oferta la sustitución de hombres por máquinas sino que también debilitan la demanda de consumo. Y en la medida que ésta no puede ser alimentada con créditos, porque lo impide el exceso de endeudamiento global, las empresas deben ajustar su producción agregada a un futuro caracterizado por la demanda decreciente.

En ese contexto, el espacio de la productividad queda limitado a cómo producir lo mismo (o menos) con mucho menos recursos. Y no a producir más con la misma gente. Lo que explica que buena parte de las innovaciones están volcadas en soluciones adaptadas a una economía de la precariedad, típica del capitalismo que condena a la subsistencia a amplias capas sociales. Sin ir más lejos, la llamada economía colaborativa vuelca su principal campo de innovación en aportar ingresos supletorios para llegar a fin de mes a esos colectivos marginados mediante soluciones que resuelven, con la máxima eficiencia, el cómo compartir sus activos (coches, casas, equipos) infrautilizados. De modo que tanto la oferta como la demanda de esos servicios se nutre de aquellos que están por debajo del salario medio, como señala James Parrott, del Instituto de Política Fiscal de Nueva York.

Con ello se estrecha el campo económico para la innovación y se frenan los incrementos de productividad asociados a la satisfacción de aquellas nuevas demandas, cada vez más sofisticadas, que acompañarían al incremento del nivel de vida de la gente. Sin duda esa situación fue el que favoreció la explosión extraordinaria de la productividad hasta los años 80 del siglo pasado, justo durante el desarrollo del Estado de Bienestar. Una realidad que cuesta trabajo reconocer.

 

 

 

 

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Written by Ignacio Muro

13/04/2016 a 21:49

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