Ignacio Muro Benayas

Política, economía, medios, participación

La empresa por dentro: cómo la frustración del trabajo y el ejercicio del poder influyen en nuestra vida

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Libro Un sindicalismo para el futuroIntroducción

El Poder es algo complejo y simple a la vez. Tiene que ver con los intereses pero se oculta detrás de las ideologías; se convierte en abstracto cuando se vincula a la capacidad de imponer leyes y discursos pero se percibe en el desigual trato de la información desde los medios de comunicación; se localiza en el entorno macro de las finanzas globales y las grandes corporaciones mundiales pero “se siente” especialmente en el micromundo en el que los ciudadanos se ganan la vida, es decir en la empresas.

Estas líneas (que con el título El Poder en la nueva empresa: frustración participativa y cambios en el sindicalismo, constituyen la ponencia presentada al grupo de trabajo El Futuro de Sindicalismo, organizado por CCOO)  pretenden profundizar en las formas cercanas en las que se manifiesta el poder sin que eso suponga abandono de aquellas referencias necesarias para comprender su esencia y actuar sobre él.

Casi en su integridad, fue incorporado al libro “Un Sindicalismo para el futuro” editado por la Fundación 1º de Mayo coordinado por Rodolfo Benito.

(Debido a su longitud, 25 páginas, se da la opción de PDF El poder y la empresa)

Indice

  1. La crisis económica, un fenómeno político
  2. Elites globales: la vanguardia del poder financiero-corporativo
  3. Creación de valor y financiarización de la economía.
  4. Nuevas tecnologías y nueva economía: cuando la innovación reclama participación.
  5. La frustración participativa y el monopolio del poder
  6. Poder omnímodo sobre los servicios externalizados
  7. Beneficiarios del nuevo poder
  8. El control del núcleo duro
  9. El mito del buen gobierno corporativo
  10. “El ser social determina la conciencia social”.
  11. La lógica del nuevo poder conforma al trabajador
  12. Crisis de resistencia o crisis de la “forma sindical tradicional”
  13. La hegemonía social y el sindicato como “intelectual colectivo”. Algunas conclusiones

1 La crisis económica, un fenómeno político

En un articulo reciente Vincent Navarro criticaba la voluntad de muchos articulistas e ideólogos de convertir en “irrelevante el análisis de clases”, sustituido por referencias a una estructura social simplificada en el que solo hay oposición entre  ricos y pobres o entre élites y ciudadanía. La crítica estaba basada en un argumento convincente: esa simplificación impide comprender la diversidad de intereses en juego y limita la capacidad para actuar. Instala en la sociedad, y así hay que denunciarl0, un tipo de lenguaje, (una neolengua, en realidad como ya nos advertía Orwell en su obra 1984) , que trata de reducir al mínimo el vocabularo para camuflar hoy la regresión capitalista y reducirla  a parámetros abstractos e inútiles. Al obviar sistemáticamente las referencias concretas a los trabajadores, las pequeñas empresas, las clases profesionales urbanas o los grupos financieros transnacionales, entre otros, se pretende impedir la comprensión de la esencia de la actual crisis y reducir nuestra capacidad de actuación.

Lo que estamos viviendo necesita ser analizado en profundidad: es, por un lado, una ruptura con la capacidad del capitalismo para compaginar innovación y progreso social en Occidente; y es, por otro, una muestra del eterno retorno a la propia esencia capitalista que rompe con las visiones idealizadas que nos habíamos construido sobre el Estado de Bienestar europeo, una isla que creíamos inmunizada ante el capitalismo depredador. Y es que ha habido al menos dos generaciones que creyeron (¡y eso también nos incluye a nosotros! ¡qué triste reconocerlo!) que el sistema sobreviviría a sus crisis en el sentido positivo, a través de su capacidad de crear alto valor económico y construir un tipo de sociedad cada vez más avanzada, con un volumen creciente de clases medias progresivamente integradas en el sistema, grandes consumidoras de novedades. Pero estábamos equivocados. Al final, su flexibilidad y adaptación a la globalización le está permitiendo crecer y reinventarse hacia atrás, recurriendo a la explotación simple, la regresión social, la precariedad y depauperación de las mismas capas profesionales que facilitaron su auge. En lugar de la integración y la inclusión ha elegido la exclusión, el camino inverso al que esperábamos.

Esta regresión capitalista que ya percibimos no es algo novedoso es, simplemente, el eterno retorno a sus esencias que siempre estuvieron allí aunque, prendados de eurocentrismo, no quisiéramos verlo porque nos favorecía, porque antes, los flujos financieros y de poder beneficiaban a Occidente, lo mismo que ahora le perjudica.

Lo que está ocurriendo no es consecuencia del determinismo económico, ni es algo inexorable aunque esté soportado en tendencias objetivas muy poderosas: es consecuencia de la incapacidad de la sociedad para configurar un bloque de fuerzas que frene la deriva autodestructiva que es esencial al propio capitalismo. Este seminario abunda en la dificultad de hacer sindicalismo como consecuencia de la dispersión social que impone la nueva lógica económica.  Pero esa dificultad, y muchas otras que la acompañan, no impide afirmar que su actual deriva regresiva es, simplemente, un problema de correlación de fuerzas  en un contexto internacional de crisis en las relaciones del poder global. Dicho con las palabras que creíamos “antiguas”, una manifestación de lucha de clases. Significa que es un fenómeno esencialmente político aunque con profundas raíces económicas. Como dijo recientemente Tremonti, el ministro de Finanzas italiano (o sea de Berlusconi) , «o se hace la revolución o se hacen reformas», es decir, o se puede dar la vuelta a esto o se acepta la imposición de las oligarquías financieras que dominan el mundo. O se articula un bloque social de progreso con una alternativa global o se aceptan las soluciones que nos imponen. Así de claro.

En ausencia de esa alternativa el miedo a un desastre global es el único factor que parece actuar de freno a la autodestrucción. Pero lo cierto es que el desplazamiento de actividad y poder hacia Oriente en las condiciones impuestas por la libertad de mercados puede llevar a un derrumbe de Occidente, en donde se concentra el 50% de la capacidad de consumo mundial, y eso  arrastraría a todo el planeta, si nada lo remedia, hacia el empobrecimiento y el subconsumo. Es ese hecho el que está facilitando el descuelgue de cada vez más “ricos” de Francia, Alemania o EEUU que no se sienten representados por estas “élites”, es decir, por el entramado institucional que dirige el mundo en nombre de ellos mismos. Las palabras de Tremonti junto a las de Warren Buffet, que ya hemos comentado en este seminario[2] son un ejemplo de claridad… y de cinismo. Dice Vincent Navarro que “un síntoma del poder de la clase dominante es que nadie habla ni de clases, ni de lucha de clases, considerando tales categorías como anticuadas.” La derecha parece que sí habla. Quizás se refiera a la izquierda.

2.    Elites globales: la vanguardia del poder financiero-corporativo

El “reconocimiento” de la lucha de clases tiene por objeto recuperar rigor en el análisis social y no retornar a otras simplificaciones que conduzcan a un comportamiento político infantil, del tipo “choque frontal de clase contra clase” propio de otros tiempos. Es más, a veces se olvida que el concepto de “clase social” no está exclusivamente vinculado a la propiedad de los medios de producción que separan entre propietarios y no propietarios, capitalistas y obreros, poseedores y desposeídos. Con esa simplificación no hubieran merecido denominarse clases ni los hidalgos ni los rentistas, ni el clero ni la nobleza. Esa misma simplificación, nos incapacitó para entender otras realidades históricas cercanas, como la tecnoestructura que monopolizó el poder en los países comunistas europeos. Y también nos puede impedir entender la actual coyuntura histórica. En realidad, se conforma también como clase social todo grupo que logra poder a través de sus habilidades y lo utiliza para enriquecerse o sobrevivir a costa de los demás, justificando mediante una ideología la apropiación del esfuerzo de otros. 

Para hablar del presente, y de la empresa en el presente, hay veces que no está mal ir muy lejos en la historia y en la geografía para rebañar todo lo útil que encierra. El filósofo chino Men Tse, seguidor de Confucio,[3] establecía, hace 2300 años, la siguiente sentencia:

 “Hay trabajadores intelectuales y trabajadores manuales. Los trabajadores intelectuales mantienen el orden entre los trabajadores manuales; los trabajadores manuales son mantenidos en orden. Los que son mantenidos en orden por los otros nutren a éstos, los que mantienen en orden a los demás, son alimentados por estos. He aquí cuál es el deber de todos en la tierra”.

Con esas palabras, Men Tse nos traslada una enseñanza crucial: cómo una simple especialización, que puede entenderse como puramente funcional -trabajar con las manos o con el cerebro- se puede convertir en un momento determinado en soporte de una jerarquía de valores; cómo esa jerarquía de valores puede servir para fundamentar la estratificación social y cómo, desde la estratificación social, se construye el cimiento para sustentar ventajas económicas. Al final esa lógica permite cimentar el deber de todos en la tierra, es decir un orden natural e indiscutible.

Valga esta cita y esta reflexión para acercarnos a la problemática del poder en el mundo actual, y aprender a no despreciar todo lo que de singular tienen las tecnoestructuras del poder, en la que los primeros ejecutivos de las grandes compañías, junto a las élites que dirigen los centros del poder financiero (BCE, RF, FMI; BM) conforman la vanguardia que dirige y marca el camino a la oligarquía financiero-industrial en la que se ubican los grandes inversores. Esa “élite” que realmente existe y vincula la política, las instituciones creadoras de opinión y las gerencias empresariales no es, sin embargo, ajena a las familias tradicionales, tanto las de raíz industrial, (los Benjumea, Amancio Ortega), la distribución (Areces, Roig, Andic, Hinojosa) o las finanzas (Botín, Urquijo). Pero tienen vida propia y conforman un nuevo orden natural que ampara el desarrollo capitalista en la fase de la globalización financiera. Cuando se desprecia la singularidad de los intereses de estas nuevas clases sociales, que obtienen privilegios asociados al control de los recursos económicos, de alguna manera nos estamos incapacitando para “hacer política sindical” en el mundo empresarial actual.

Es cierto que la separación entre empresarios y gestores es algo viejo  pero nunca la suerte de los ejecutivos ha estado tan desvinculada de la de sus empresas. Hoy es normal y sistemático, es decir forma parte del nuevo orden natural, que los ejecutivos incrementen sus retribuciones anuales un 20% mientras sus empresas descienden beneficios. La sociedad lo asume ya como un rasgo natural de los tiempos presentes. Pero no lo es. Este “detalle” es la consecuencia de cambios en las relaciones de poder que paso a analizar

3.    Creación de valor y financiarización de la economía.

Perderse en florituras no es bueno. La situación actual perfila unas relaciones de poder que dibuja intereses antagónicos entre una parte de la sociedad y otra. El mejor ejemplo son los dos récords superados en 2010: las 35 empresas del IBEX han ganado más que nunca (50.000 Mills de €), mientras los trabajadores y, ojo, también la mayoría de las empresas, los profesionales, los autónomos sufren más que nunca, simbolizado en el record de parados, casi 5 millones, y en la quiebra de sociedades. Son cifras (los beneficios de las grandes empresas, el número de parados, las quiebras) que, al ser leídas con una jerarquía interiorizada, reflejan cambios en el concepto de valor y en el concepto de creación de valor.

Manuel Castells define con gran agudeza el concepto de “valor” en su libro Comunicación y Poder.

“Las estructuras sociales, como la sociedad red, se originan a partir de los procesos de producción y apropiación de valor. Pero ¿qué constituye el valor en la sociedad red? ¿Qué mueve el sistema de producción? ¿Qué motiva a quienes controlan la sociedad? Valor es lo que las instituciones dominantes de la sociedad deciden que sea.”

Asi de simple: valor es lo que las instituciones dominantes deciden que sea. En progresivo desuso está el valor añadido como forma de localizar en cada territorio la aportación de riqueza, algo que incomoda  a las transnacionales.  Como tambien lo está medir el valor de la aportación empresarial en términos de beneficio cada vez más sustituido por un concepto EBITDA en el que están interesados los primeros ejecutivos, pues refleja la aportación a corto en la pura explotación de recursos, desconectado de lo estable, la estructura financiera y los gastos financieros y las inversiones y depreciaciones. La medida del valor de un país es hoy más la prima de riesgo que los índices de crecimiento, lo mismo que la medida del valor de una compañía es su cotización en el mercado mucho más que la capacidad de generar beneficio.

El concepto de creación de valor cambia para ajustarse a la financiarización de la economía: ahora se identifica crear valor con crear valor para el accionista. Los beneficios económicos o el valor añadido generado según la contabilidad y, más lejos todavía, los conceptos valor de uso y valor de cambio utilizados por Marx, tienen más que ver con los valores tradicionales del capitalismo. En la actual fase, se necesitan otras medidas del valor que reflegen la esencia de las relaciones de poder en el nuevo capitalismo financiero.

Todo lo que tiene que ver con la economía productiva queda oscurecido en la nueva neolengua por la idea dominante de valor. Las operaciones ordinarias, en las que la organización, la innovación y el trabajo son fundamentales, las que conectan directamente con la economía real, pasan a relativizarse bajo la denominación de crecimiento orgánico. El otro crecimiento, el inorgánico que se basa en resultados extraordinarios, es cada vez más importante en todas las grandes empresas. Aunque hace décadas se le llamaba atípico es cada vez más típico (entre un 15% y un 30% del total en las grandes empresas) como recogen los informes del Banco de España. Allí se incluyen todas las operaciones que permiten ganar tamaño de un salto, que son las que dan brillo al gestor. Recoge la importancia relativa de la financiarización de una empresa porque lo nutren las operaciones corporativas (fusiones, adquisiciones, alianzas), los resultados de compraventa (o aparcamiento) de activos y las más diversas ingenierías financieras.

Todo (desde las normas contables al lenguaje) está preparado para reforzar el poder de una nueva élite que consigue el “éxito” y se enriquece esencialmente a base de “resultados extraordinarios”. Un ejemplo nos puede servir mejor que las explicaciones.

  • Los directivos de Telefónica se han repartido en 2011 450 millones de € en bonus. ¿cómo se justifican? ¿De donde surgió el beneficio que lo avala? ¿Lo consiguieron con el esfuerzo de los trabajadores? Una noticia nos da la pista: “El beneficio de Telefónica se dispara por el alto precio pagado por Vivo (El PAIS 11-11-2010).” ¿Se consiguen más beneficios comprando más caro? Así es. En contra de toda lógica económica, cuanto más pagan en una operación corporativa -la compra de la brasileña- VIVO más beneficios tiene. Imaginémonos a la minoría de ejecutivos que negocian la compra en esa “tesitura”: cuantos más paguen más beneficios y más bonus cobrarán. No solo no es ilegal, es consecuencia de las nuevas normas contables señala EL PAIS: “la nueva normativa contable permite que la empresa se apunte grandes resultados por “enajenación de activos” pese a que lo que haya hecho es comprar caro”. Telefónica ha revalorizado el 50% que ya tenía en Brasilcel y se ha apuntado la diferencia como beneficio de acuerdo con las nuevas normas contables. El beneficio creció un 37% por esa operación.
  • ¿Se enfadarán los accionistas? De ninguna forma, porque en subir la cotización de las acciones consiste la creación de valor para el accionista.
  • ¿Aportaron caja esos beneficios? En absoluto, se trata de beneficios contables que  no solo no generan tesorería sino que dispararon el endeudamiento de Telefónica.

El endeudamiento empresarial es la consecuencia inmediata de la importancia de la lógica financiera en la gestión de las grandes empresas industriales. Se han endeudado no para crecer de forma orgánica, ganando mercados e innovando, se endeudan fundamentalmente, a través de bancos de inversión, en operaciones corporativas (fusiones, adquisiciones) regidas por la lógica financiera. No es un asunto baladí, su dimensión ha sido determinante en esta crisis global y dificulta su salida: dos tercios del endeudamiento privado español, el que esta provocando la presión de los acreedores, corresponde a las grandes empresas 

Es “la norma”, la consecuencia del nuevo orden natural que todos asumimos sin rechistar. Esa nueva lógica de la creación de valor es la demostración más evidente de que lógica productiva esta siendo fagocitada por la lógica financiera. Es la consecuencia de la lógica del capitalismo hacia la financiarización de la economía que denunciara  el economista Minsky.

El término financiarización no debe reducirse, por tanto, al predominio en los niveles macros de lo financiero sobre lo productivo. Lo que era algo exclusivo de los mercados se instala también en el interior de las grandes empresas productivas, sobre todo de aquellas que cotizan en bolsa y afecta a su organización interna ya la lógica del poder. Todo el sistema económico pilota sobre un esquema insostenible basado en dos velocidades: en el nicvel micro,  unos se atribuyen a sí mismos la creación de valor en los mercados mientras desprecian a los que solo trabajan.  Y en el nivel macro se consiguen fácilmente recursos para operaciones financieras que aspiran a plusvalías del 20 % en una sola acción (atípica) mientras escasean para las empresas que necesitan todo un año de duro trabajo (orgánico) para conseguir la cuarta parte de esa rentabilidad.

4.    Nuevas tecnologías y nueva economía: cuando la innovación reclama participación.

La financiarización de la economía (sobre la que luego volvemos) no es, sin embargo, el único rasgo que define los cambios en las relaciones de poder en las empresas. El propio sistema productivo ha sufrido una revolución como resultado de las nuevas tecnologías de la información y de su capacidad para flexibilizar y multifragmentar los procesos productivos.

La gestión del conocimiento  es la base de la llamada nueva economía pero encubre cambios que van en sentido contrario a lo que las escuelas de negocio auguraban. Su rápida socialización, es una fuerza productiva enorme, potencialmente una revolución en sí y en parte se siente en muchos aspectos de la vida social. Pero tiene un problema cuando penetra en las empresas: choca con una lógica interna que está impidiendo que cristalice en innovación.

La innovación es una fuerza potencial que está dentro de las empresas, entre las personas que trabajan en su interior. Es un valor interno, una fuente de valor esencial, pero se encuentra en estado latente y así permanecerá si no se activa. No descansa, además, como el I+D en unas pocas personas especializadas, sino que la fuente que la provee es más dispersa y anónima. Impregna potencialmente a toda la empresa, a todos y cada uno de los departamentos y a todos y cada uno de los trabajadores. Es algo interno que no puede sustituirse con contrataciones en el exterior: se localiza en personas que deben conocer el sector, la competencia y el negocio en el que la empresa se mueve. Personas que deben conocer, también, las resistencias y apoyos que puede recibir cada nueva idea en el conjunto de la organización y en los diferentes departamentos. Empresas capitalistas de éxito especialmente las pertenecientes al mundo internet (Google, Microsoft, Dell) u otras como Ikea, o Zara son muy innovadoras, y, sin embargo, sus ventajas no se centran en mejoras tecno­lógicas que pudiéramos ubicar en el I+D.

Lo anterior es (era, al menos) reconocido por todas las escuelas de Management como las tendencias objetivas y estables del nuevo sistema productivo. Pero tienen un problema: necesita una política general que la potencie y no lastre ese conocimiento oculto que se disemina en personas concretas pero anónimas.

  • Su desarrollo significa asumir un hecho imprescindible: la singularidad del “capital humano” como activo esencial de esos procesos. No es un activo más, tiene capacidad para crear e innovar pero tiene otros rasgos esenciales que se deben reconocer y recordar: tiene voluntad y de ella depende la calidad del resultado final.
  • El trabajo es un componente vivo del proceso productivo cuya aportación final depende de su resistencia o colaboración. Contrariamente a los demás inputs productivos, que son “palancas muertas”, la incorporación del ser humano a ese proceso agrega, necesariamente, una actitud pasiva o activa, a favor o en contra, que se manifiesta, de forma individual y colectiva, en los centros de trabajo, secciones o departamentos de una empresa.
  • Su participación está muy condicionada por el entorno laboral. Un proyecto atractivo y un entorno participativo fomentan la multiplicación de energías sociales porque facilita la creatividad; mientras que una concepción despreciativa del trabajo deprime el comportamiento humano y aleja a los trabajadores de la lucha por la creación de riqueza.
  • La creatividad, que es la base de la innovación, se cultiva, se promociona. No es algo que sale de la nada ni se produce de forma automática, necesita mejorar a las personas para que mejoren procesos para que mejoren rendimientos. Aquí, el capitalismo se encuentra con una contradicción que no sabe resolver y que se resume en la idea de que la innovación tecnológica y la innovación social deberían ir de la mano.

Pero obviamente no van.

5.    La frustración participativa y el monopolio del poder

La realidad empresarial actual parece contradecir estas tendencias participativas. ¿No son ciertas, entonces? Si, pero solo potencialmente. Las propiedades de las tecnologías de la información están asociadas a Internet sinónimo de colaboración. Las extensión de las redes sociales es el mejor ejemplo de cómo Internet impulsa los entornos colaborativos. Una verdadera revolución altera los hábitos y la comunicación y facilita el intercambio y la participación ciudadana en miles de procesos asociados a lo que realmente es innovación social. Todos ellos aumentan la autonomía de los ciudadanos y la capacidad de ser autosuficiente y se identifican con impulsos horizontales, que se retroalimentan de abajo hacia arriba en una construcción democrática. La sociedad se hace más flexible y dinámica, menos encorsetada.

Sin embargo, este tiempo de la flexibilidad no trae más levedad ni hace más ligero el ejercicio del poder, por el contrario, construye una nueva lógica que recupera capacidad de maniobra en la medida en que las nuevas tecnologías se lo permiten.

El capitalismo altera y privatiza los beneficios potenciales de todo cambio tecnológico. Cuando las circunstancias y las tecnologías, cuando los hombres y las máquinas, están más preparados para funcionar en entornos colaborativos, cuando pareciera que los impulsos de abajo hacia arriba deberían ser determinantes para favorecer la innovación, se fortalecen la autoridad y la centralización del poder. Las oportunidades liberadoras que ofrecen las tecnologías de la información quedan, en buena parte frustradas, o sometidas al dictado de la lógica dominante que impone una concepción elitista del mundo.

La realidad ha demostrado una vez más que, en función de los equilibrios y contrapesos en los que se desenvuelve la lucha de clases, la tecnología simplemente aumenta los grados de libertad en los que se desenvuelve el poder. El debilitamiento de los trabajadores y las clases subalternas en relación al del periodo 1045-1975, facilita la regresión capitalista y recupera la lógica capitalista más primitiva. En paralelo, se reactiva la tesis marxista por la que la acumulación de capital y la depauperación del trabajo se muestran como tendencias complementarias e inexorables del capitalismo. Decía Marx que, en la medida en que se desarrollan nuevas tecnologías se produce un incremento extraordinario de la capacidad productiva del trabajo, pero el desarrollo de la técnica y la racionalización de la producción que trae consigo, en lugar de facilitar la vida del trabajador genera desocupación, precariedad y descenso salarial. La expresión de esa apropiación de la productividad del trabajo se percibiría porque los beneficios empresariales crecerían en una espiral exponencial en relación con los salarios hasta el punto de provocar periódicamente crisis de subconsumo y sobreproducción. Desgraciadamente, esa tendencia se está volviendo a cumplir desde que la globalización y el neoliberalismo se han convertidos en fuerzas dominantes, periodo en que los beneficios empresariales están creciendo 8 veces el nivel de los salarios.

Eso significa que, en un contexto histórico como el actual caracterizado por el poder de las minorías, se convierte en un refuerzo más de las élites empresariales: por un lado, proporcionan a la alta dirección un amplio control de la organización. Por otro, dejan a los individuos, incluidos directivos y cuadros intermedios, menos espacio para esconderse de su control. La competencia creciente y la movilidad del mercado se convierten en las coartadas que fortalecen a los primeros ejecutivos y justifican un mayor control sobre la empresa. ¿Cómo se manifiesta y articula ese nuevo poder en su interior?

  1. La capacidad de procesar un mayor volumen de información con la máxima rapidez impulsan la concentración del poder y aumenta las  capacidades de las cúpulas de las empresas de decidir y controlar los resultados y su aplicación. Conceden mucha mayor presencia activa y cotidiana a la alta dirección.
  2. La variable tiempo pasa a ser fundamental en la organización y percepción del poder. La implantación de objetivos trimestrales desde las cúpulas, siempre cerrados y cuantificables, tiene cada vez más incidencia y se convierte en símbolo. La modificación de metas con una frecuencia creciente es consecuencia de la capacidad de integrar en un solo flujo, casi en tiempo real, las aportaciones de información de todas las direcciones, con sus análisis, propuestas y detalles.
  3. Se desprecia el conocimiento interno en la elaboración de las estrategias de las compañías. La externalización del pensamiento estratégico convierte a las empresas consultoras en las depositarias de todo el saber y en la homogeneización de las soluciones. Las consultoras son uno de los principales legitimadores del poder de las cúpulas empresariales. Son utilizadas para impedir el debate y el control sobre el futuro a empleados y accionistas pero, sobre todo, para justificar y amparar los objetivos y planes que le presente la dirección.
  4. La presión sobre los resultados a corto plazo, fomenta la idea en el conjunto de la organización de que el largo plazo es, sin más, la continuación de la actividad diaria. El control de los diferentes proyectos estratégicos viene facilitado por aplicaciones diseñadas por consultores cuyo seguimiento es igualmente sencillo: solo la dirección conoce el enganche entre el corto y el largo plazo.
  5. Desaparecen (en la práctica) los organigramas. Se implantan otras formas de transmitir la operación de mando para adaptarlas a una estructura que ya no tiene la claridad de una pirámide y se ha vuelto más intrincada, no más sencilla. El sistema de funcionamiento en red, con múltiples dependencias simultaneas, hace cada vez más difícil conocer el organigrama de las empresas.
  6. La descentralización funcional de tareas en los niveles inferiores es perfectamente compatible con la máxima centralización del poder:  se limita al modo de hacer las cosas para ejecutar los planes centrales. Se asume como virtud que los eslabones intermedios y los trabajadores deben socializar la experiencia compartida en los talleres y colaborar en cómo ejecutar los planes establecidos; pero la decisión de qué y donde producir, qué unidades y bajo qué criterios es menos discutible y participada que nunca por los eslabones intermedios.

6.    Poder omnímodo sobre los servicios externalizados

Internet y las TIC facilitan la fragmentación de las operaciones empresariales y el traslado de actividad sin dañar la calidad del producto final. Ya hemos visto en este seminario cómo de esa cualidad derivan dos consecuencias esenciales para los procesos productivos y el sindicalismo: la externalización y la deslocalización. La EXTERNALIZACIÓN permite la expulsión al exterior de las estructuras empresariales y de sus convenios colectivos (normalmente hacia PYMES) de funciones (servicios y operaciones) que pueda ser realizados por terceros. La DESLOCALIZACIÓN permite llevar la fabricación de cada componente a países lejanos con menos salarios o con más ventajas.

La economía pasa a estar crecientemente estructurada por una minoría de grandes empresas, cada vez más ligeras y con menos plantillas, rodeadas de una extensa red de pequeñas empresas de servicios ubicadas alrededor del mundo. ¿Cómo afecta esta realidad al ejercicio del poder?

Los mismos principios utilizados en el interior de las empresas, son extensibles a los sistemas de redes empresariales, es decir a las conexiones con empresas filiales, asociadas o colaboradoras como proveedores o mallas de distribución. En todos esos casos, la cúpula utiliza los más avanzados sistemas de control, amparados en las TIC, para asegurarse que los objetivos se cumplen.

  1. La producción se distribuye en múltiples fragmentos con un diseño global que integra el collage de piezas y componentes fabricados en distintas partes del mundo y montados en otras.
  2. Esa fragmentación queda unida, por un lado, bajo una misma marca que representa el armazón intangible del conjunto: por otro, bajo un mismo principio jerárquico que le aporta unidad de criterio.
  3. La cascada de presiones desde las cabeceras del grupo a los terminales periféricos son cualquier cosa menos ejemplos de  descentralización del poder.

Como señala Bennet Harrison[4]:

“la empresa grande mantiene bajo su control al cambiante cuerpo de baile de las empresas que dependen de ella, les pasan los descensos en el ciclo comercial o los productos que han fracasado a sus socios más débiles, que están más apretados”.

La conclusión es que el nuevo poder de las cúpulas empresariales es omnímodo y omnipresente, tiene el don de la ubicuidad, da lo mismo pertenecer a la matriz o a una filial, ser un trabajador interno o externo de las múltiples empresas subcontratadas. Sea cual sea el nivel de relación existente, el resultado se parece cada vez más: alguien decide que Bratislava puede hacer el trabajo que una vez hicieron Madrid o Londres, sin que ninguna de ellas haya elegido aumentar o disminuir sus propias cargas.

7.    Beneficiarios del nuevo poder

La centralización del poder en torno al primer ejecutivo es una realidad consolidada. La sensación de que la empresa “son ellos” y el equipo de alta dirección que le arropa, se interioriza en cada  empresa a la vez que se exporta a toda la sociedad. La parafernalia que les rodea les hace creer que los éxitos son solo suyos (los fracasos nunca), lo que les legitima para fijarse para sí, con todo descaro, unos sueldos cuya evolución e importe se convierte en algo independiente de los beneficios de las empresas que gestionan.

Volvamos a recuperar el hilo argumental con el que iniciamos esta presentación: el de los valores dominantes. Cuando una empresa está volcada en el crecimiento orgánico el poder interno suelen pivotar entre dos grandes áreas: las áreas de producción y las de comercialización, que son los representantes de las funciones típicas de la economía productiva. Unos se preocupan del producto (logística, producción, distribución, calidad) y otros del envoltorio (marketing, marcas, ventas); unos se centran preferentemente en el valor de uso del producto y los otros en el valor de cambio. Los directores que las representaban compiten asiduamente por el poder. Pero, en conjunto, siendo las áreas más numerosas y las que dan trabajo a más gente, simbolizan la creación de valor basada en el trabajo.

La adaptación a los nuevos entornos en los que la financiarización y la comunicación ganan posiciones altera los equilibrios tradicionales en la alta dirección. Aparte de al primer ejecutivo, (Presidente ejecutivo o CEO) la nueva lógica favorece especialmente  al director financiero. Cuando el  editorial del diario liberal Wall Street Journal analizaba en junio de 2002 el estruendo provocado por las indemnizaciones pagadas a los primeros ejecutivos se escandalizaba al comprobar un dato: si el presidente ejecutivo de una compañía tenía retribuciones excesivas, el director financiero también las tenía. Uno y otro iban en el mismo paquete.

Tres razones avalan ese poder.

  • Por un lado, es el actor esencial en la articulación de operaciones que generan los beneficios extraordinarios, su habilidad es imprescindible para organizar la ingeniería financiera que da “el brillo” a un proyecto.
  • Por otro, es el tiene el control absoluto sobre la información interna. La información que “cocina” y presenta en los road show ante inversores y accionistas, actúa de justificante “objetivo” para que los consejeros y el presidente alardeen de sus éxitos. Y del mismo modo, el control de la información legitima la construcción de argumentos para enmascarar resultados y explicar las desviaciones producidas en proyectos estratégicos.
  • Por ultimo, pero no el de menor impacto en términos de poder, es el responsable de justificar y camuflar las retribuciones y liquidaciones escandalosas dirigidas a los presidentes y consejeros delegados. (Y a él mismo).

Si el director financiero es relevante, también lo es el director de comunicación (o DIRCOM). La creciente importancia de la imagen y la comunicación empresarial, necesarias para trasladar al mercado apariencia de solidez, contribuye a personalizar los liderazgos y a fortalecer el papel de los gestores, que sólo una vez al año someten su gestión a la Junta General, en escenarios preparados con estética cinematográfica. Su importancia es reconocida por la dependencia directa del  primer ejecutivo (Presidente o CEO) y su participación directa en las decisiones estratégicas de las compañías.

  • Como responsables de la imagen corporativa deciden, validan y fabrican los mensajes que interesa lanzar a los mercados, el modo y los tiempos.
  • Por otro lado, centralizan las relaciones con los medios en tanto que fuentes informativas diseminando por aquí y por allá noticias, filtraciones, informes.
  • Por último, controlan los fondos y destinos de la inversión publicitaria, incluida la dotación a las fundaciones, lo que les otorga una gran capacidad de presión sobre medios e instituciones.

Estos son hoy los nuevos colaboradores imprescindibles, los especialistas capaces de enfocar estrategias agresivas y defensivas, de presentar como éxito cualquier operación. Uno y otro sienten que aportan más valor en una sola decisión que años de trabajo del conjunto de la plantilla. A ello se dedican los otros miembros del sanedrín ejecutivo.

8.    El control del núcleo duro

La irrupción de los tiburones típicos del capitalismo financiero rompió con el equilibrio interno de las familias tradicionales que dominaban cada industria, extendido en los años 70. La relación que se establece entre el capital y sus administradores  hace tiempo que ha cambiado.

  • Cada es más frecuente que sea el primer ejecutivo el que busque capital y no que el capital busque al primer ejecutivo. Una vez alcanzado el poder, cualquier primer ejecutivo encontrará suficientes oportunidades para captar el “capital” que necesite para financiar “su” idea, “su” proyecto.
  • El capital se reduce entonces a capital-dinero, solo un recurso que se adquiere en el mercado a un precio, una comodity, algo genérico, que no aporta singularidad ni valor a los proyectos.
  • El control efectivo, antes que la propiedad, pasa a ser el origen del poder. La propiedad nominal no importa, importa el control. El poder no reside en la Junta de Accionistas sino en configurar minorías de control, en configurar un núcleo duro.
  • Construir una minoría que asalte el poder con una propuesta que maximice las plusvalías y el poder del  núcleo duro,  ese es el reto. Y, posteriormente, desde el poder mismo, multiplicar su presencia corporativa, con la minima aportación y riesgo personal.
  • Las habilidades que determinan el éxito en esta carrera hacia el poder son la de saber ganar tamaño comprando empresas a la máxima velocidad no en la de aunar esfuerzos en la gestión largo plazo. Se parecen, por tanto, más a las del tiburón que el del empresario que genera producto y beneficios a largo plazo.
  • El poder empresarial se hace cada vez más opaco, una cualidad directamente proporcional a la concentración y centralización del poder económico en el mundo globalizado. Ese comportamiento choca con las demandas crecientes de transparencia que se instalan en todas las esferas de la vida social que encuentra fuertes barreras para penetrar en las empresas. El viejo axioma de “la información es poder” se hace más sutil al actualizarse en “la información privilegiada (y el control de los flujos informativos) son la fuente de poder”

Lo esencial es entender que, en el interior de las empresas, el poder y la lucha por conseguirlo determina la capacidad de los principales interesados en participar en las decisiones y en los beneficios.

El núcleo de las nuevas élites que controlan el mundo procede de “la clase” de los ejecutivos que acceden al poder en un salto (desde la política, las relaciones, las habilidades personales) y, en resumen, desde la ambición sin límites. Simplificando, podemos decir que la élite dominante procede del mundo del trabajo no del capital, es decir procede de personas que han desarrollado su “carrera” como asalariados, aunque no hayan trabajado nunca como “cualquier hijo de vecino” ni conozcan lo que significa crear valor productivo a largo plazo. En cualquier caso, ese origen explica parte de la seducción que ejercen sobre los ejecutivos cachorros que pretenden emular a sus referentes. Las privatizaciones han sido y siguen siendo, en este contexto, una oportunidad histórica que facilita el salto hacia el poder definitivo.

9.    El mito del buen gobierno corporativo

¿Cómo se legitiman los fenómenos de apropiación desde esta élite oligarca? Podemos utilizar muchas definiciones del poder pero, para describir el que disfrutan las élites y los ejecutivos de las grandes corporaciones,  debemos partir de la utilizada por los lobbies y grupos de presión: poder es la facultad de torcer en el propio beneficio la neutralidad.

En su relación con la sociedad que le rodea, todo lo que es teóricamente neutral, desde la justicia a los medios, desde las leyes al estado, desde el lenguaje a la información, es sometido a las presiones del poder hasta neutralizarlo o convertirlo en suficientemente parcial.

Su relación con otros interesados en el futuro de la compañía, desde accionistas a inversores, desde trabajadores e instituciones, también necesita de la misma medicina paliativa. En la medida que se trata de un poder conseguido “al asalto” por una minoría que carece de la legitimidad que le otorga la democracia económica de las sociedades anónimas, que concede el poder a la mayoría accionarial a partir del principio una acción un voto, necesita defender sus posiciones con una batería compleja de nuevos argumentos ideológicos. La legitimación de ese poder requiere, más que nunca, ideología que oscurece o justifica los intereses particulares del grupo de poder. Su línea de defensa requiere el uso inteligente de un lenguaje que tiene la propiedad de presentar como neutrales conceptos que encubren la defensa de posiciones de poder.

  • Conceptos como el de “blindaje de las compañías” o la defensa ante “OPAS hostiles” no son conceptos inocentes ni neutrales: al contrario, sirven a la defensa de las posiciones del primer ejecutivo y los administradores contra sus propios accionistas o contra el legitimo derecho de terceros a comprar acciones.
  • Tampoco son inocentes la defensa de la autorregulación o los llamados códigos éticos o códigos de conducta, verdaderas barreras ideológicas contra el derecho de la sociedad a incluir en el Código Mercantil normas que doten de transparencia al gobierno corporativo.

Se trata de artilugios para ocultar el monopolio que ejercen que sirve de línea de defensa contra cualquier iniciativa privada o social que pretenda poner límites a su ejercicio.

Todo ello vienen a confirmar un hecho evidente: que el poder, todo poder, tiende a la sobredosis y que, inexorablemente, esa deriva se produce siempre cuando no hay contrapoderes suficientes que lo frenen.

Los actuales modelos empresariales en los que los primeros ejecutivos diseñan productos “tóxicos” sin ningún control social mientras se reparten incentivos por operaciones que destruyen valor y crean el caos por todo el planeta,  están en el origen de la crisis que vive el mundo. La parálisis económica que vive el planeta es consecuencia directa de la falta de calidad del gobierno empresarial que nace del monopolio del poder. La  historia reciente confirma que cuando no existen contrapoderes existen abusos. Como señala Sennet[5]:

“En una institución sin restricciones, los que están en condiciones de arramblar con todo, lo hacen”.

O como señalara Marx:

“En una sociedad de clases, la libertad de unos se impone sobre la libertad de todos”

Los principios del Buen Gobierno Corporativo que se estudian en todas las escuelas de negocio y que se han incluido en todos los Códigos de Buenas Prácticas puestos en marcha en diferentes países, parten de la necesidad de contrapesos al poder como evidencias generalmente aceptadas.

  • La primera es que, en el ejercicio práctico del gobierno y la gestión de una Sociedad, nadie debe tener poderes de decisión ilimitados. Por ello, se recomienda que los cargos de Presidente, representante de todos los accionistas, y del Consejero Delegado o Primer ejecutivo, representante de la minoría de control que desarrolla la gestión, deben ser ocupados por distintas personas. Debe existir una separación clara, explícita, escrita y aprobada, de las funciones, tareas y responsabilidades del Presidente (un cargo que no debe tener carácter ejecutivo), con las del Consejero Delegado, como primer ejecutivo. El Consejo debe aprobar las reglas escritas que garanticen dicha separación.
  • Otras líneas del Buen Gobierno caminan en la misma dirección. La existencia de consejeros “independientes” en los Consejos de Administración tienen la función de representar a los accionistas que no están incluidos en el núcleo de poder. El hecho de que sea uno de esos consejeros el que deba responsabilizarse de la Comisión de Remuneraciones indica una evidente prevención contra los desmanes que puedan ocasionar éstos.

Aunque la lógica del equilibrio recomiende todo tipo contrapesos, la omnipotencia de las cúpulas empresariales se ha saltado todos los controles y ninguneado los intentos de perfeccionar el buen gobierno mercantil desde posiciones consecuentemente liberales. Lo peor es que la crisis ha extendido, además, una espesa capa de silencio sobre esas intenciones, precisamente cuando desde la quiebra de Enron a la de Leman Brothers, se había puesto en evidencia que son los devaneos de los primeros ejecutivos, comportándose como monarcas  absolutos, los causantes del  despilfarro y las crisis periódicas. Se acabó la fiesta. Las bellas ideas (la responsabilidad social, el buen gobierno, la gestión del conocimiento, el capital humano, la atención al talento) que actuaban como cortina de humo para aparentar progreso mientras se empezaban a diseñar e imponer, en silencio, medidas regresivas, quedan en desuso. La defensa de la centralización del poder, presentada como defensa de la discrecionalidad empresarial como garantía de eficiencia, se convierte en algo sagrado, esencial, la expresión suprema de la voluntad de contra-reforma de las élites instaladas en una burbuja de poder que las aísla de cualquier responsabilidad ante la crisis.

El capitalismo pasa a la ofensiva para legitimar la ruptura con ciertos discursos que amparaban los equilibrios internos, el diálogo social y los consensos tradicionales y se prepara para justificar el poder absoluto de los primeros ejecutivos, con ideologías que toleran que el monarca se juzgue a sí mismo”, lo que es una fuente inexcusable de opacidad e inseguridad jurídica.

10.  “El ser social determina la conciencia social”. La centralidad del trabajo permanece.

Cuando decía Marx que “el ser social determina la conciencia social”, afirmaba que la posición de cada persona en el sistema productivo (asalariado, cadenas de montaje,  grandes fábricas… o empresarios, campesinos, autónomos…) era determinante en la configuración de sus ideas y su conciencia social. Era su forma de decir que el trabajo ocupa un lugar central en la vida de las personas.  ¿Significa lo anterior que esta influencia ha perdido vigencia? ¿O significa justamente lo contrario: que la fragmentación del ser productivo es la causa de la fragmentación de las miradas, los intereses y las conciencias?

La centralidad del trabajo no desaparece porque las formas de explotación se hagan más sutiles y complejas o se extienda la externalización y la deslocalización. La vida de las personas es, en buena medida, su trabajo, un lugar en el que relaciones laborales y relaciones sociales se confunden. Buena parte de lo que una persona “es” se desprende del lugar que ocupa en la red de producción y buena parte de lo que siente y piensa esta mediatizado por lo que “es”. Olvidarlo, tiene muchos efectos negativos: aleja al individuo de su más profundo interés, que, en su sentido etimológico procede de “inter est”, lo que está entre los hombres, lo que les une y separa.

Como en el caso del “lumpenproletariat” del siglo XIX también la marginalidad actual, la precariedad, el subempleo y, en definitiva, el “no trabajo” determina la perdida de referentes colectivos y el “desclasamiento”.

La empresa como símbolo del sistema productivo sigue siendo mucho más que el ente que aporta el sustento de la familia: es donde el individuo se foguea como ciudadano y aprende las más importantes lecciones sobre la dificultad de ser un hombre libre. Las empresas son, a la vez, escuela y cuadrilátero. Siguen siendo el principal punto de encuentro social generador de ansiedades y depresiones. Buena parte del dolor y el placer humano se origina allí: por un lado, casi la mitad de las patologías tratadas por psicólogos y psiquiatras tienen su origen en conflictos laborales; por otro, más de la mitad de las personas reconocen haber tenido una relación afectiva en el trabajo.

La actividad productiva es determinante no sólo porque es el espacio donde se produce el desarrollo profesional de las personas o porque absorba la mayor parte del tiempo útil de cada día, sino porque es allí donde se expresan más intensamente las actitudes de rivalidad y cooperación entre individuos y grupos. El “ser” profesional y el “ser” ciudadano van de la mano.

11. La lógica del nuevo poder conforma al trabajador

Michael Foucault enriquece la citada afirmación de Marx y la aleja de todo determinismo económico. Es el ejercicio del poder, producto de unos equilibrios sociales y de una lucha de clases, el que determina la conciencia social.

Si los actuales desequilibrios entre las fuerzas que representan las clases sociales está produciendo una transformación profunda de las relaciones de producción y los mecanismos de poder global, los mismos desequilibrios de fuerzas, actuando en el terreno micro de las relaciones de proximidad, están provocando una transformación de los sujetos en tanto que trabajadores. Esa relación de fuerzas conforman los que Michael Foucault (1926-1984)[6] denominaba microfísica del poder.

“Cada rincón, cada ámbito de lo social está bañado o se verá afectado por el poder en sus más invisibles fibrosidades… El poder lo rodea todo, lo afecta todo dentro de la realidad”.

La acción del poder constituye, atraviesa, produce a los sujetos-trabajadores, lo mismo que facilita o dificulta, amplia o limita el desarrollo de las condiciones en las que se estos se desenvuelven. Todos los espacios cotidianos se convierten en espacios de poder, en espacios estratégicos que empapan con su lógica, desde lo más grande hasta lo más pequeño, desde la realidad diaria a los sueños, desde las  relaciones familiares a las empresariales. El ejercicio del poder está asociada al derecho del más fuerte para organizar la sociedad a su medida.

El poder de las cúpulas empresariales que hemos descrito produce un efecto esencial: tiene tendencia a actuar  directamente, saltándose sus mediadores tradicionales. Esa voluntad de desintermediación tiene diversas consecuencias:

  • La perdida de autonomía de los cuadros medios. Lo habitual en el pasado era que la alta dirección dispusiera de poca información sobre los sucesos demasiado recientes, demasiado alejados o demasiado complejos. En esas operaciones, los directivos y cuadros intermedios mantenían un margen de actuación que la actual centralización del poder reduce al máximo. La cadena de  mando se reorganiza a voluntad de una alta dirección cada vez más lejana pero también más intervencionista, que limita el margen de actuación de todos los eslabones intermedios de la organización, empezando por los directores, cuya autonomía queda reducida hasta el nivel de los antiguos jefes de sección.
  • El mismo desprecio se extiende a los sindicatos como intermediarios en las relaciones sociales. Su mediación es innecesaria y perturbadora, porque están convencidos que “sus sistemas” permiten retribuir individualmente con justicia a cada trabajador de acuerdo a su rendimiento, una utopía más que reniega del esfuerzo y la inteligencia colectiva como base de la creación de riqueza. Son parte del problema y no parte de la solución.
  • La falta de intermediación crea desprotección a los profesionales. Mientras en las organizaciones tradicionales el contacto directo con los superiores inmediatos o, en última instancia con los sindicatos, permitía al trabajador cualificado un espacio para la negociación personal que, de alguna forma, le pro­tegía, el complicado magma de las empresas actuales hace que los individuos, incluidos los más valiosos, se sientan desorientados y desprotegidos. Esa situación se intenta paliar regando bonus en un modelo de incentivos en el que la cantidad final es, sobre todo, un premio de buena conducta potestad del jefe.
  • En la medida en que la creación de valor reside en la cúpula, el desprecio al trabajo es la consecuencia de lo que se siente como su poca contribución a la creación de riqueza. El trabajo es percibido como una commodity, algo imprescindible pero indiferenciado. Ni los más jóvenes en donde residen los nuevas habilidades y saberes, ni los más expertos, donde residen los viejos saberes se sienten valorados. El poco reconocimiento del trabajo moldea íntimamente la vida de cada trabajador. Además de la inseguridad, la incomodidad, la inhibición y el desapego marcan crecientemente a los profesionales.

¿Qué significan los tres puntos anteriores? Que el sistema tiende a homogeneizar a la baja a todas las capas profesionales, a minusvalorar su capacidad de aportación, a frustrar sus expectativas vitales y profesionales. En definitiva: a proletarizar y precarizar a las clases medias, a excluir antes que a incluir. Se trata de un modelo empresarial y social incapaz para la innovación que representa, simplemente, a la sociedad del des-conocimiento.

12. Crisis de resistencia o crisis de la “forma sindical tradicional”

¿Qué consecuencias tiene lo anterior? ¿Cómo se interioriza en los trabajadores tomados de forma colectiva?

El poder, sigue Foucault,  es “un par de fuerzas que es, al tiempo, una acción y una reacción”. Cada persona nace resistiendo y es, en esta capacidad de reacción, donde se constituye como tal, donde construye su experiencia. Se defiende, reacciona de mil y una maneras a las fuerzas que inciden sobre si. Entre ellas aprende a no someterse, a obstruir y a inhibirse. En esa relación que vincula al que lo ejerce y al que lo soporta, aprende también a sentirse parte del grupo que recibe las mismas presiones, que sufre el mismo poder; a fuerza de ser objeto de las mismas coacciones se empieza a ver como sujeto colectivo que se enfrenta a ellas. Les pasa a las naciones, les pasa a las clases y grupos sociales. Y también le pasa al trabajador actual.

En la medida en que las formas de apropiación varían, varían las formas de resistencia. En la medida en que mutan los poderes empresariales y cambia la organización productiva, en la medida en que las formas de control social evolucionan cambian las naturalezas de los conflictos y la naturaleza de las resistencias.

¿Se inhiben las resistencias del sujeto trabajador o éstas se manifiestan de otras formas?  ¿Contradicen las nuevas formas, la práctica tradicional del “sindicato de clase” como expresión de una organización y un discurso de contrapoder?

  • A pesar de la tendencia a homogeneizar a la baja a todas las capas, del deterioro de las retribuciones y condiciones laborales, la lógica del sistema productivo tiende a generalizar el sentimiento de frustración antes que el de explotación como expresión interiorizada de injusticia.  Digamos que en la medida que el poder se difumina (mientras se fortalece) más que el sentimiento de explotación resucitan otras sensaciones que podemos identificar con los de frustración, exclusión, marginación, ninguneamiento, desprecio, indiferencia… No es de extrañar que los movimientos democráticos radicales, como el 15 M, prefieran identificarse con el término “indignados”.
  • Lo colectivo no está muerto, simplemente se enriquece en lo individual. Es falso que el progreso de las sociedades favorezca pasar del interés al desinterés, sino de un interés más estrecho a un interés más general: los movimientos solidarios que se organizan espontáneamente por miles de causas lo demuestran.  Ocurre que en la sociedad industrial el interés individual se funde en el colectivo y facilita una solidaridad espontánea, mientras que en las sociedades complejas, lo individual ya no está tan directa y evidentemente ligado a lo colectivo.
  • La sobrecualificación profesional, sistemáticamente frustrada, articula una mentalidad racional propensa a preguntarse los por qué y a entender la empresa como un todo. Mientras se diluye el sentimiento de clase se fortalece la capacidad de crítica pero en defensa de “un interes general” no de uno particular. En ese contexto la salida defensiva más a mano, más facil de asumir, pasa por la adscripción o el apoyo a sindicatos profesionales, de empresa o de cuadros, aquellos que antes se identificaban como amarillos.

El ciudadano-trabajador nacido del nuevo poder, no se forja en una “cultura de combate” como la que representa el sindicato tradicional; tiene necesidad de asumir una “cultura de la conciliación” que no es otra cosa que la capacidad y necesidad de afrontar en equilibrio los diversos espacios en los que participa: lo individual y lo colectivo, el trabajo y el hogar, el descanso y la actividad, la familia y los compañeros. Necesita desarrollarse como una persona con deseo de participar en la “cosa común” representada por cualquier comunidad en la que concentra su enriquecimiento y sus identidades incluido su hogar, su empresa y su país. Un ciudadano que ha interiorizado su libertad para crear y romper vínculos pero que no le dificulta a desarrollar compromisos colectivos.

La disgregación física, que se suele citar como el principal factor que impide sentirse como grupo, hace tiempo que solo es una mala excusa. En un mundo de conexiones virtuales, en el que internet se muestra como una oportunidad real para enlazar a infinitas comunidades, la separación física no es ya un obstáculo. Lo que falla es la madeja de ideas que proporciona altura de miras al conjunto en forma de un interés más general. Lo que falla es la capacidad de las ideologías de actuar como cemento y vehículo para explicar las cosas. Es esa carencia la que impide constituirse en una comunidad de intereses.

Pero eso es algo común en la historia:  nunca la conciencia de pertenecer a colectivos con intereses comunes ha surgido espontáneamente de las propias condiciones del trabajo, siempre “vinieron de fuera” desde las ideologías

13. La hegemonía social y el sindicato como “intelectual colectivo”. Algunas conclusiones

Decía Gramsci que en las sociedades desarrolladas, con amplia presencia  de la sociedad civil, con medios de comunicación potentes, con instituciones de intermediación en muchos espacios, el sistema de dominación requiere una amplia hegemonía que actúa como un conjunto de herramientas de defensa, similares a fortalezas construidas en torno al núcleo duro del poder económico y su sustento militar. En ese contexto, la batalla social requiere una concentración inaudita de hegemonía y la participación de las más amplias capas sociales. Esto es valido tanto para las fuerzas que resisten como las que conforman el poder.  Desde las primeras, desde las clases subalternas, la batalla ideológica se convierte en decisiva para recuperar una identidad colectiva:

“Ese proceso complejo y contradictorio requiere disputar el consenso, las voluntades, el sentido común, el modo de pensar, del conjunto de la población, de las más amplias masas.” [8]

Este análisis vincula a instituciones que, como los sindicatos, son parte central de esa lucha. Significa que están obligadas a abrirse a la sociedad y a los intelectuales orgánicos (otro concepto de Gramsci que hay que recuperar y que hoy podemos asociar a los profesionales agrupados en el concepto de trabajadores del conocimiento) imprescindibles para ganar influencia… o para no ser ninguneados y barridos por la abrumadora hegemonía ideológica del contrario. Se trata de un colectivo presente en las empresas y presente, sobre todo en las nuevas luchas ciudadanas. Esta formado por los profesionales de formación técnica (ingenieros, economistas, abogados, médicos, periodistas…) con capacidad para organizar y construir conocimiento. Son orgánicos, porque están insertos en el sistema y mantienen su cohesión de grupo a través de asociaciones y colegios, un aspecto esencial que les confiere una posición esencial como fabricantes de consensos, los lugares comunes que legitiman el poder de las clases dominantes.

Estos análisis invitan, en mi opinión, a un reajuste en la estrategia sindical que pasa por algunos aspectos ideológicos.

  • La redefinición del papel del sindicato en relación a la construcción del interés general dentro de la empresa. Dejar en manos de la dirección, progresivamente identificadas con una lógica sectaria y excluyente, financiera y cortoplacista, la defensa de la empresa como el resultado de un interés común, representado en el todos estamos en el mismo barco, muestra la incapacidad de los trabajadores para articular respuestas adecuadas ante cada situación.
  • El sindicato es un sujeto colectivo cuyo hacer consiste, precisamente, en “construir” un interés general en todos los espacios en los que participa, a negociar con todas las partes para fraguar un proyecto común articulado lo más sólido posible a largo plazo, que tiene algo que ofrecer al conjunto y que sabe sacrificarse y sacrificar peticiones de parte en beneficio del todo. Esa colaboración en el interés común es indisoluble a la confrontación contra las formas absolutistas del poder, contra las políticas que entienden el interés general como forma de justificar la apropiación del esfuerzo de la mayoría,  contra el monopolio de la información, contra los que desprecian al trabajo y solo desean cabalgar sobre él para extraer el máximo de beneficios de forma inmediata.
  • La reinterpretación del papel de los sindicatos de cuadros y corporativos, en parte hijos de la expresión de colectivos de trabajadores intelectuales, (es decir, intelectuales orgánicos) que tienen gran capacidad para exponer argumentos sólidos y fabricar  consensos. De percibirlos solo competidores o “enemigos”, debemos verlos también como la expresión de la pluralidad social de los trabajadores, pluralidad con la que hay que contar. Resulta imprescindible integrarles como parte esencial del discurso del “interés general” mucho más cuando la tendencia del capitalismo actual les empuja a ser homogeneizados a la baja.
  • La necesidad de asumir la “cultura de conciliación” que ya he descrito como propia del trabajador actual, como seña de identidad del sindicato, lo que no significa abandonar la “cultura de combate” cuando los momentos lo requieran (y hoy los requieren con frecuencia) pero que debe ser capaz de aspirar a la hegemonía no solo en esos momentos, sino en “todos los momentos”, integrando adecuadamente ambas dialécticas.
  • Por último, la participación en la construcción de un verdadero interés general fuera de las empresas es una prolongación de lo expuesto antes. Los trabajadores, sus diferentes organizaciones, deben ser capaces de ofrecer una alternativa viable a la sociedad desde el sistema productivo. Los sindicatos deben salir a la sociedad y reorganizar su presencia en todos los espacios verticales en los que el debate social existe, desde la medicina a la enseñanza o la justicia, espacios imprescindibles para batallar en la construcción de las ideas que fabrican consenso. El sindicato está obligado a expresarse públicamente con una síntesis coherente entre la libertad y la intervención, lo espontáneo y lo organizado, los impulsos participativos y la funcionalidad de la autoridad. Ello no le alejará de los trabajadores sino todo lo contrario porque significa la defensa de un modo alternativo de entender la convivencia que supone, al tiempo, más derechos, más dignidad para el trabajo y más innovación, bajo una dirección económica coherente y rigurosa.

 Ignacio Muro


[1] Lo que aquí se expone es una actualización de las ideas esenciales incluidas en” Esta no es mi empresa”,  del que soy autor. Para el que quiera acceder a casi todo su contenido sin pasar por caja le recomiendo acceda desde Google books.

[2] “Hay una lucha de clases, por supuesto, pero es mi clase, la clase de los ricos la que dirige la lucha. Y nosotros ganamos”.  (Warren Buffet)

[3] Men Tsé es el autor de “Los Cuatro Libros clásicos”. Fue el recopilador, dos siglos después de la muerte de Confucio, de sus enseñanzas y hacía depender de la «voluntad del cielo» la desigualdad social.

[4] Bennet Harrison, obra citada, “Lean and Mean”.

[5] “Richard Sennet, obra citada, “La corrosión del carácter”.

[6] Michel Foucault. filósofo de las ciencias sociales. “Microfísica del poder”. (Editorial La Piqueta, Madrid, 1979). . “Vigilar y Castigar”. (Editorial Paídos, 1975)

[7] La guerra de posiciones es un concepto bélico que nace en la Primera Guerra Mundial y describe batallas largas, con asentamientos y trincheras difíciles de dinamitar, como opuesto a la guerra de movimientos, basada en movimientos rápidos y en acciones audaces.

[8] (A ello me he referido en el otro trabajo que he presentado al seminario sobre Comunicación y Poder en el mundo global)

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Written by Ignacio Muro

12/02/2012 a 14:29

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