Ignacio Muro Benayas

Política, economía, medios, participación

EGIPTO: “La extraña madurez de un proceso revolucionario”

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Revolución_egipcia_de_2011Debate-entrevista con Javier Valenzuela para Nueva Tribuna

¿Cómo empezó todo? Con un símbolo, un suceso que será a partir de ahora el mejor ejemplo del efecto mariposa que sustenta la teoría del caos. Un policía municipal esparcía las frutas, quizás desmontando la pieza que sostenía el equilibrio inestable de su carro,  de Mohamed Bouazizi, un informático de 26 años que sobrevivía vendiendo hortalizas en una ciudad de Túnez.  La humillación decidió su suicidio, quemándose a lo bonzo. Ocurrió el 17 de diciembre de 2010 y, desde entonces, en dos meses, con  esa pieza simbólica de fruta actuando de desencadenante, 100 millones de personas de dos países “estables” han recuperado su libertad. Y otros 100 millones, en Bahréin, Libia, Jordania, Argelia, Marruecos… pelean ardientemente por ella.

Elegir a un experto en el mundo árabe no era el objetivo que tenía en la cabeza cuando mis amigos de Nueva Tribuna me pidieron una entrevista exclusiva con alguien que aportara luz sobre las revoluciones de Túnez y Egipto. La noción de “experto” suele estar irremisiblemente unida a “geoestrategas” o “politólogos” que suelen limitarse a justificar las corrientes dominantes. Necesitábamos, por el contrario, a una persona que pudiera reflexionar desde la izquierda, capaz de desmontar uno tras otro, los estereotipos que en Occidente  hemos ido asumiendo como inamovibles, a un ciudadano comprometido que nos ayudara a mirar de frente el mundo árabe y el Islam de hoy.

Javier Valenzuela es eso y también un gran experto y un gran periodista, es decir una persona capaz de sentir empatía por los pueblos en los que ha ejercido de corresponsal, que intentan conocerlos y profundizar en lo que son, contarnos sus conflictos y explicarnos su recorrido. Y además Javier acaba de publicar un bellísimo libro titulado “Desde Tánger al Nilo. Crónica del norte de África”, en el que relata sus experiencias como corresponsal en Marruecos, el Sahara, Argelia y Egipto, un símbolo que anticipaba la bajada de bandera del cambio, cuyo lanzamiento ha tenido que simultanear con el sobretrabajo que le ha supuesto actuar como cronista destacado de las revoluciones democráticas en Túnez y Egipto.

  • IM.- Buenas tardes Javier, gracias por aceptar nuestra invitación. 

La primera cuestión que creo salta a la vista es la madurez que ha demostrado el  movimiento egipcio, (como antes el tunecino); una madurez que se manifiesta, en primer lugar, en sus objetivos pero también en sus métodos de lucha.  Y es que no han quemado banderas americanas, pero tampoco judías, ni se han dejado contaminar por la lógica islamista. Se han fijado, en palabras de Al Baradei “una sola exigencia, el fin del régimen y el comienzo de una nueva era”.

Me parece realmente curioso, porque todo movimiento de masas tienen, así fue en el caso de Portugal o en España, o en Latinoamérica, muchas contradicciones hasta que se va formando un solo mensaje, una sola voz. Y esa madurez impresiona mucho cuando se afirma que, prácticamente, no ha habido organización, al menos que hoy  conozcamos. ¿Cómo crees que ha surgido esa determinación y esa madurez? ¿Es, quizás, la consecuencia de 40 años de dictadura, es la madurez de las ansias retenidas de libertad?

JV.- Quizás nuestra sorpresa sea mayor porque no hemos hecho nuestros deberes con Túnez y Egipto pero tampoco con el conjunto de las sociedades árabes. Y es que no hemos visto, no hemos querido ver, la evolución de las sociedades árabes en los últimos 10 o 15 años. La mayoría de los análisis occidentales se ha parado en la foto fija del ascenso del islamismo de los años 70, 80, 90 y no hemos visto lo que ha ocurrido posteriormente en esas sociedades árabes. Y lo que allí ha pasado es, básicamente, la emergencia de una juventud de clase media o de clase media baja, compuesta por gente cualificada y profesionales a los que los regímenes surgidos de la independencia les han proporcionado estudios primarios, secundarios o universitarios.  Ha ocurrido en Egipto, Argelia, Túnez, Siria e incluso algo en Marruecos. Esa juventud surgida de clases medias bajas o medias-medias tiene formación pero también un gran acceso a la información mundial a través de la televisión por satélite, los móviles e internet y las redes sociales.

Esto explica buena parte de esa madurez, porque esa juventud es muy consciente de los prejuicios  que hay en su contra, que había y hay en contra del mundo árabe y musulmán en Occidente, prejuicios que utilizaban, a su favor, los sátrapas. En primer lugar el tópico de la radicalización, el fanatismo, la violencia. Sabían que en cuanto en su movimiento se produjera el menor síntoma de violencia, en cuanto en su movimiento se produjera el primer grito de ¡Allah Agbar! (Dios es grande); en cuanto en su movimiento apareciera la primera bandera verde del islam, esos movimientos estaban muertos, políticamente, en la esfera internacional. Entonces muy claramente, muy conscientemente si tu rastreas, si tu hablas con ellos, ves que desde el primer momento han intentado claramente evitar eso. Había que  optar por una forma de resistencia pacífica en Túnez y Egipto, que no pudiera despertar fantasmas de violencia. Y había que optar por una forma de protesta laica, que no tuviera el menor elemento que pudiera mal interpretarse.

  • De acuerdo Javier, ¿pero esa forma de madurez requiere un amplio consenso social construido desde muchas sensibilidades y eso exige un amplio debate entre muchos sectores durante mucho tiempo?

JV.- Es que han discutido mucho entre ellos, exacto Ignacio, es que llevan 10 años discutiendo entre ellos. Y es ahí donde debemos ver el papel de las redes sociales como instrumento tecnológico de discusión, que ha permitido eso que Fatima Mernissi llama, desde hace años, la ciber-umma. Dice Fátima que, desde el comienzo de este siglo, hay una cibercomunidad árabe en la cual, discuten y discuten sobre ideas, pero también sobre frustraciones y métodos de lucha, sobre objetivos, sobre momentos. Llevan muchos años, es verdad, discutiendo. A través de estas redes sociales pero también en las universidades. A través de, por ejemplo, la universidad americana de El Cairo, que está, por cierto, cerca de la plaza Tahrir, a la que no se reconoce suficientemente su papel.

Los chavales llevan ya mucho tiempo hablando de estas cosas, de cómo sería un eventual futuro democrático de sus países y, por eso, sabían que tenían, desde el primer momento, que evitar lo que pudiera favorecer a los regímenes y asustar a las siempre timoratas opiniones públicas occidentales.  Y esto tiene que ver también con los objetivos, han ido depurando los objetivos hasta dejarlos muy claros, la  reivindicación pura y simple de la democracia tal y como la entendemos aquí, estándar, el entendimiento estándar de democracia.

  • IM.- Hablas de una generación acostumbrada a debatir en toda la región, que va definiendo las líneas rojas de-lo-que-no-puede-ser-el-cambio, pero que no es capaz de articular unas vanguardias en su forma más clásica, en forma de partidos ni de segregar de sus filas líderes conocidos. ¿Crees que eso ha sido así?

JV.- Ante esta evidencia, yo recuerdo haberme preguntado cuáles eran los partidos políticos y los dirigentes que lideraron la revolución francesa de 1789. Sabemos que había habido en la época anterior un ambiente ilustrado que se había materializado en clubes en París, en Marsella en Lyon, en los que se discutía sobre las ideas de la Ilustración; y que esas ideas habían creado un estado de opinión en determinados sectores de la entonces denominada burguesía emergente que es lo que desencadena la revolución del 89. Pero ¿quién dirige el asalto a la Bastilla? ¿ Qué partido político o qué líder? Nadie lo sabe. Lo que luego conocemos es como los Danton, Marat, Robespierre, emergen en el seno de la revolución, pero en el instante del asalto, en ese momento no hay nadie reconocible. Con esto pasa lo mismo.

Es un movimiento social, no hay un partido, no hay un liderazgo, pero sí que hay un consenso, probablemente de millones de chavales y chavalas de entre 15 y 30 años desde Casablanca a Damasco, sobre unos objetivos que pasan, básicamente, por el establecimiento de una democracia estándar y sobre formas de lucha que tienen que sustentarse en la resistencia pacífica. Y, quizás, un tercer factor, que incluye obviar los referentes islamistas y a sus organizaciones, que solo pueden ser utilizados como fuerza auxiliar de masas, a la hora de llenar plazas, etc., pero que en ningún caso pueden tomar el liderazgo.  ¿Personas? En el caso tunecino, no tuvimos nombres, no hubo nombres, mientras en el caso egipcio, el movimiento tuvo la fortuna de El Baradei, que había apuntado maneras hace un año y que ahora, muy valerosamente, decide volver y encarnar el movimiento al que, al menos, personaliza de cara al exterior. Y también el grupo de Jóvenes del 25 de Abril. ¿Cómo se va a transformar eso en partidos y en liderazgo? No lo sé, no lo sabemos, pero lo que sabemos es que en el mundo árabe, en Túnez y en Egipto al menos, estamos en un movimiento democrático similar a 1789. ¿Qué saldrá de ahí? No lo sé, pero lo que ha ocurrido se debe a la madurez en lo que los marxistas llamaban las condiciones subjetivas y objetivas, una combinación entre las ideas y los grupos sociales empeñados en encarnarlas, a partir del hastío tremendo ante la cleptocracia de la juventud y de las clases medias

  • IM.- Cuándo se da tanta importancia a la juventud podemos concluir que nos encontramos ante una “lucha generacional”, pero sin embargo todos hemos visto en las manifestaciones mucha gente mayor, casi diría que más gente mayor que en nuestra lucha contra Franco. Mientras que en nuestro caso, siguiendo la famosa canción de Gabriel Celaya, reivindicábamos un ”nosotros somos quien somos, basta de historia y de cuentos”, reclamábamos un espacio contra lo que representaban nuestros padres,  en línea también con la rebeldía del 68, aquí vemos a una generación que no confronta con sus mayores. Yo creo que en Egipto la juventud ha sido especialmente cuidadosa e integradora con ellos, quizá porque la cultura árabe es más respetuosa con ellos que nosotros. Pero el hecho es que, en estas luchas, se mezclan y conviven mucha gente de muchas edades y sectores diferentes. La relevancia de los jóvenes parece ser sólo una consecuencia más de su peso demográfico.

JV.- Claro. Desde el primer momento se ve físicamente en el desarrollo de las manifestaciones: las primeras tanto en Túnez como en Egipto están compuestas por  jóvenes; la foto del segundo día incluye ya, junto  a los jóvenes, multitud de gente de mediana edad y de edad mayor. Es decir, que en una y otra parte, los que se suman son los profesionales, los de clases medias, pequeñas en sus países.

  • IM.- Perdón, Javier, ¿pero cuánto de pequeñas son esas clases medias? ¿Estamos hablando del 20% por ejemplo? Porque, en ese caso, estamos hablando de 16 millones de personas en Egipto y de 4-5 millones en El Cairo, suficientes para liderar un cambio.

JV.- Efectivamente, son pequeñas pero, con todo y con ello, en un país con más de 80 millones de habitantes, son mucha gente.  El hecho es que, pronto, se incorporan  abogados, médicos, periodistas, profesores, comerciantes, exportadores, etc., muchos colectivos que suman en diferentes ciudades, cuánto, ¿1 millón, 2 millones? Y, luego, en una tercera fase se han ido sumando diríamos los sectores populares, los sectores de la gente pobre pero solo parcialmente, porque estos eran, en los dos países, el principal apoyo de los regímenes. Eso es así: estos, en buena parte campesinado analfabeto, han sido los que menos han participado en el movimiento porque eran la capa social que constituía el sostén principal tanto de Ben Ali como de Mubarak.

La cuestión es que ese movimiento, así compuesto, en esa conjunción de  jóvenes y de  estos otros profesionales y clases medias, ha sido, como en otras épocas de la historia, el fundamento de los valores democráticos.  Esto es lo que ha provocado que los movimientos tengan este cariz manifiestamente democrático, de típica revolución democrática en “el sentido burgués”. Por eso, yo las emparejo a la revolución norteamericana, a la francesa o a las revoluciones de los 80 en la Europa del este: son revoluciones burguesas, democrático-burguesas que dirían los marxistas, que en ningún momento han planteado reivindicaciones sociales y económicas, ni la nacionalización de tal o de cual sector, eso no.

  • IM.- Entonces Javier ¿ubicas estas revoluciones burguesas en la línea marcada por Rousseau y los pensadores de la democracia y la división de poderes? ¿Hay pensadores reconocibles en el mundo árabe que vayan en esta línea?

JV.- Conocemos este movimiento por la huella que van dejando en las redes sociales los  miles de jóvenes, no solo dentro de cada país, sino entre todos ellos, es decir, los de Egipto se apuntan a los foros de Túnez o a los de Marruecos,  y viceversa. Pero todo este movimiento también tiene pensadores, lo que pasa es que en nuestra ignorancia occidental, los obviamos. Estoy escribiendo un artículo sobre dos pensadores árabes, pensadores aunque se expresen como novelistas, autores de dos obras fundamentales para entender el estado de ánimo de estos países. Hay una primera novela clave que es “El edificio Yacoubian” del egipcio Alaa Al Aswany, que es por cierto un señor que se sumó desde el primer día a la plaza de Tahrir, que cogió un megáfono y se dirigió a los manifestantes, que es una novela que podría ser el equivalente a una novela burguesa del siglo XIX, que cuenta y denuncia la indignidad en la que viven los egipcios. Y hay también otra novela que es clave, “El lado oscuro del amor”, del sirio Rafik Schami, que cuenta – en forma de saga novelesca, porque no es un libro de tesis- la historia de los pueblos de Líbano, Siria y Palestina y cómo su lucha por la libertad, por la libertad democrática, tiene una gran historia detrás no solo en estos años del siglo sino en el siglo pasado.  La cuestión es que sí hay pensadores en el mundo árabe, que tanto en forma de novela como en forma de ensayo político, son equivalentes a nuestros Voltaire, nuestros Moliere,  nuestros Rousseau aunque también estos sean  suyos en un sentido amplio.

  • IM.- Es curiosa esa interacción que apuntas entre pensadores y redes de pensamiento, entre autores individuales que nos aportan una nueva forma de mirar la vida y grupos que debaten y comparten anhelos. Recuerdo en mi época en la facultad en los años 70, que el aprendizaje político era en el bar, era en las tertulias al igual que hoy se ejercita, probablemente, en la red, su  equivalente, un espacio para hablar de todo, todos los días con mucha gente, en el que se va madurando un pensamiento.

Hay una cosa que no he contado, pero que me ha sorprendido enormemente. Yo he oído hablar hace tiempo de Facebook, pero desde los primeros momentos, hace 3 años, lo asocio a lo que hacen mis hijas en Twenti, que es comentar las trivialidades del momento, colgar fotos y videos y cosas así.  Y es una amiga egipcia, Randa Esmaui,  quien me pone un correo electrónico desde el Cairo diciendo, cuidado, no desprecies Facebook, que es también un extraordinario instrumento para la conexión e interconexión política y social e intelectual. Como diría Trillo, ¡manda huevos!  O sea que a mi es desde allí, desde El Cairo, desde donde se me alerta muy tempranamente de que ahí se están creando foros de discusión que van más allá de si el cantante tal o cual ha hecho esto o  lo otro.  Resulta que allí hay discusión política, ideológica y social. Y dices, mientras nosotros asociamos estas cosas al ocio, ellos supieron sacarle partido, lo pillaron enseguida, estas juventudes árabes descubrieron su lado práctico enseguida.

  • IM.- Lo que dices sobre el uso de las redes sociales me permite enlazar con un tópico muy extendido sobre el que disiento. Y es las referencias a la “brecha digital”, entendida como factor esencial de separación de mentalidades entre los diversos mundos. No creo en ella. Y  es que cada vez que visito un país de los antaño denominados del Tercer Mundo, de América Latina o del Magreb, o de África, veo allí más distancia en infraestructuras y nivel de vida, en carreteras y hospitales, que en cultura digital, más distancia en el mundo físico que en el mundo de Internet.

JV.- Totalmente de acuerdo. Viajando por el mundo árabe a finales de los 90, hace más de 10 años, lo que me sorprendía era la tremenda cantidad de cibercafés súper cutres, pero llenos de chavales conectados a Internet, que encontrabas en Casablanca, Argel, El Cairo o Beirut.  ¿Qué ha pasado desde entonces? No recuerdo quien decía que la mejor  aportación europea a la democracia que ahora resurge allí ha sido la telefonía móvil.  Y es que, efectivamente, la mayoría de las empresas de telefonía que han llevado la accesibilidad de las redes eran europeas, desde  Vodafone a Orange o Telefónica, y, con ellas, han pasado desde sus primeros ordenadores en cibercafés a los nuevos instrumentos tecnológicos con sus teléfonos móviles con conexión a la red. Quizás sea esa, efectivamente, nuestra única aportación a su lucha democrática.

(Al acabar esta charla, al ponerla a limpio, pienso en el papanatismo abstracto con el que en Europa abordamos las aplicaciones de las redes sociales. O en la superficialidad con la que pensamos que un perfil en Facebook de un político, o una cuenta en Twenty, es la mejor aportación de las redes a la modernidad. Y recuerdo haber oído contar a Chris Hughes, cofundador de Facebook, que le sorprendió la precisión con la que Obama le  exponía las tareas que quería descargar en las redes sociales. Le dijo quiero tres cosas: que me sirva para ganar las elecciones, que ayude a crear cuadros políticos que enriquezcan nuestro programa  en sus infinitas variantes y que me sirva para financiar la campaña.  Ese planteamiento es el que le sedujo hasta el punto de abandonar Facebook y dedicarse a apoyarle en ese inmenso reto, felizmente resuelto Nada que ver, como vemos, con nuestra panoplia retórica. Pero mejor volvamos a la conversación con Javier Valenzuela, suficientemente rica en sí misma)

  • IM.- Abrimos otro campo de análisis. ¿No te ha sorprendido la facilidad con la que se han desplomado los regímenes de Ben Ali y Mubarack, este último receptor cada año de 1500 millones de dólares de EEUU para garantizar el orden público? ¿No es realmente sorprendente que regímenes especializados en la represión durante 40 años caigan como están cayendo, con un coste de 300 muertos, que es mucho, pero una cifra pequeña comparada con otros cambios? ¿Y al tiempo, además de las redes sociales, qué papel ha tenido la televisión en ese cambio?

Vinculo ambos temas porque es como si resultara que el “poder duro”, el puramente represivo, no vale de nada cuando la gente se dispone a salir masivamente a la calle. Y que, al final, cuando ya no había policía, cuando el ejército había sido también desbordado, o neutralizado a base de abrazos, la gente identificara a la televisión oficial, símbolo del “poder blando” como el único resorte del régimen. Decían: cuando caiga la televisión, cae todo, es lo único que le queda. Y esos días, casi 15, el régimen se sostuvo por la inercia de la mentira televisiva

JV.- Hablábamos antes de las redes sociales pero los chavales lo que saben es que no pueden tumbar ni a Ben Ali ni a Mubarak ni a los que vengan solo creando un grupo en Facebook, con 60 mil o 100 mil adherentes que diga “vete Mubarak”. Entienden y ven muy claramente que hay que salir a la calle, o sea que el viejo instrumento del movimiento popular del salir a la calle sigue siendo esencial. Y cuando aparecen las primeras manifestaciones en Túnez y Egipto,  la reacción de los regímenes es: los voy a aplastar. Pero ¿qué ocurre? Que hay televisiones que están cubriendo en directo los acontecimientos, que son las primeras revoluciones televisadas en la historia. Primero Al-Jazira que ha sido clave en todo el mundo árabe en estos años y ahora especialmente, y luego ya las siguientes cadenas occidentales están allí, retransmitiendo los acontecimientos de cada día. Esto no lo habíamos visto nunca: imágenes de una revolución popular, o sea, imágenes en directo de una plaza con las fuerzas del orden cercándola. No vimos, por supuesto, la revolución americana ni la francesa, pero tampoco en los 80, vimos imágenes en directo de las luchas en Praga, Berlín o en Varsovia.

  • IM.- Es verdad. No nos han televisado revoluciones populares, sin embargo, sí habíamos visto bombardear ciudades en las dos guerras de Irak.  Y también en la operación de castigo contra Libia. O cuando el ejército israelí iniciaba la ocupación de Líbano.

JV.- Exacto, eso sí. Pero nunca revoluciones populares en directo. Y de repente, este hecho, hace muy difícil,  casi imposible para estos regímenes la matanza. Lo que pasa entre el jueves 10,  en que Mubarak dice que va a resistir por la noche, y el 11 lo que vemos en directo durante toda la jornada, toda la mañana del viernes 11, son inmensas manifestaciones en El Cairo, por todos lados. Entonces eres consciente que, en otros momentos similares, la gente era aplastada a sangre y fuego a precio de muchos miles de muertos, algo que ya no lo pueden hacer porque están en directo, están las cadenas de televisión universales transmitiéndolo en directo. Por ejemplo en 1982 Hafez el Assad,  el entonces presidente sirio, aplastó una revuelta en una ciudad que se llama Hama, al precio de 20 mil muertos.

Pero ahora ya es imposible.  Hoy en día, solo con 60, 70, 80 muertos, los regímenes alcanzan lo que podríamos decir es el límite de su capacidad de matar. Hay un límite difícil de traspasar, ya no pueden matar ni uno más, porque están las cadenas de televisión mundiales retransmitiendo en directo y cualquier caído puede ser primera plana y apertura de telediario “urbi et orbe”. Tanto Ben Alí como Mubarak colocan a su ejército ante una situación difícil que se resuelve negándose a disparar. Lo podría haber hecho en los 90, en los 80, en los 70, pero hoy lo tiene más difícil.

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Written by Ignacio Muro

19/02/2011 a 14:31

Publicado en Para NuevaTribuna.es

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