Ignacio Muro Benayas

Política, economía, medios, participación

“Zapatero y la izquierda: orden, discurso y método”

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Zapatero y la izquierda...Publicado en EL PAIS el 3-5-2007.

Algunos dudaban si derecha e izquierda existían. Existen. El mundo y la derecha obligan a la izquierda a emerger, como a la gente a pensar. Ahora, su razón de ser conecta con nuevos riesgos: el unilateralismo, la política de hechos consumados o el ejercicio del poder como artimaña, amenazan con convertirse, otra vez, en dominantes. La derecha se blinda de patria e integrismos y coquetea con la extrema derecha en cada vez más países. Gastado el neoliberalismo y fracasadas las tesis del fin de las ideologías y la historia, la gestión del miedo se percibe como la inversión más provechosa. No es algo espontáneo ni intuitivo, es un “planteamiento científico” que defienden poderosos ´think tank´ de todo el mundo. El liderazgo de la globalización y el orden mundial va a depender, piensan, de la manipulación de las emociones de las clases medias sobre terrorismo, inmigración y religión.

Orden, orden, orden. La izquierda no debe buscar “votos en los caladeros de la derecha”, como reclama Bono, ni gritar patria, religión y disciplina, pero debe ser consciente de los peligros de ser asociada al desorden. Debe reajustar su discurso para compatibilizar reformas y orden, presentar cada cambio como imprescindible para lograr más estabilidad. Y también readaptar su método, entendido como un modo de hacer con orden, porque a mayor velocidad en los procesos tecnológicos y sociales, más necesidad de referencias estables tiene la gente. En la bolsa de valores cotizan al alza la necesidad de reformas pero, más aún, la estabilidad y la firmeza.

Zapatero ha cambiado el discurso de la izquierda. Si Felipe agregó liberalismo a la tradición socialdemócrata, el republicanismo de ZP ha añadido unas gotas de radicalismo que le permiten enlazar con determinadas clases profesionales. Su laicismo, soporte de un nuevo socialismo de los ciudadanos, se convierte en referencia internacional por su capacidad de integrar, en un todo coherente, la ampliación radical de derechos civiles y la del modelo social de bienestar. La ingenuidad de la izquierda vuelve a parecer como un valor, sinónimo de sinceridad e idealismo, lo que la habilita para resucitar la pasión por la política e integrar utopías diversas. Ya no seduce la deslumbrante y escurridiza retórica reformista de Tony Blair.

Los cambios comienzan en el modo de abordar las diferencias. Zapatero reavivó, desde la oposición, el consenso como un valor y promovió pactos que el gobierno de Aznar aceptó a regañadientes: terrorismo, justicia, inmigración. Ahora el PP se aprovecha de ello y lo sacraliza convirtiéndolo en una barrera, en una especie de derecho a veto. La facultad de gobernar para la izquierda se plantea en términos crudos: o paraliza sus reformas y convierte en inútil su hegemonía o aparece como responsable del disenso. Puestos a elegir, Zapatero prefiere arrostrar, sin dramatismo, el disenso antes que la parálisis, mientras procura ampliar, mediante pactos directos con las organizaciones sociales más representativas, el respaldo de la sociedad civil.

Si todo método es, principalmente, un modo de gestionar el tiempo, la velocidad ha sido una de las señas de identidad de Zapatero: no solo considera esencial “cumplir sus promesas” sino cumplirlas rápido. La izquierda, dice, “debe hacer valer pronto el poder democrático de los votos o quedará impregnada de realismo y paralizada”. Sabe que “los valores públicos se vuelven irreversibles” y que, si las reformas están bien planteadas, no tendrán retorno. Cree imposible evitar conflictos demorando los tiempos, como hizo Felipe, porque con la derecha actual, dispuesta  a transgredir cualquier norma para recuperar el poder, cuanto más tiempo de exposición, más fragilidad.
Pero, en política, la máxima velocidad permitida es la que los ciudadanos digieren. Las reformas que no se conocen suficientemente no existen para la gente, ni cuentan como activo político. La concentración de nuevas leyes solapa las narraciones –en las que se alternan prohibiciones y liberalizaciones- y merman la comprensión del discurso. Cada reforma necesita ajustes que provocan alguna confusión; muchas juntas, generan ansiedad ciudadana y facilitan la sensación de desorden, aprovechada por el PP para convertirla en vértigo.

La comunicación y la gestión de los medios, siempre esencial, se convierten entonces en determinante del éxito político. El tamaño de los altavoces es muy desigual: la audiencia de los diarios nacionales cuya línea editorial es contraria al gobierno casi duplica a los favorables; añadiendo los grandes diarios regionales, el desequilibrio es de 3 a 1. A pesar de ello, es evidente, como señala Zapatero, que “a mayor comunicación más difícil es ocultar la realidad a la inmensa mayoría”. En una clara lección al PP y su boicot a PRISA, promueve entrevistas en medios que no le son afines. Y lo hace después de neutralizar RTVE, operación que certifica la veracidad del discurso ético sobre el poder.
Intemperie no es sinónimo de indefensión, pero también se cae en ella. La escasa comunicación del gobierno se suele achacar a un éxito de la estrategia del ruido y la tensión del PP. Lo peor es que es, también, una trampa del propio discurso que presume de autolimitarse en el uso de los recursos del Estado. En un articulo reciente publicado en este diario, el Secretario de Estado de Comunicación se jactaba de los límites y autocontroles impuestos a la publicidad del Gobierno, pero reconocía la imposibilidad de extenderlos a autonomías y ayuntamientos, que en manos del PP despilfarran autobombo sin control. Más que una muestra de ética, lo es de virginidad… mientras se coquetea con el suicidio.

Último rasgo: Zapatero confía en su capacidad para establecer una conexión directa con los ciudadanos pero le falta construir una imagen coral: su discurso descansa demasiado en muy pocos. Ganó las elecciones bajo la marca personal de ZP, solo tres años después de ganar, por la mínima, el congreso del PSOE. No ha tenido tiempo material para madurar un nuevo discurso colectivo en el partido, sacudirle de tics conservadores y de una imagen tosca. Necesita modernizarlo e incorporar a los mejores a cada tarea sin considerar edad o familia. Sin un partido a punto, es fácil ahogar hasta los mejores argumentos cuya fuerza, al final, se mide en la capacidad de replicar a compañeros, familiares y amigos en bares y tertulias. Es en ese trabajo de muchos donde se encarna una política, es ahí donde se desperezan las conciencias.

Son carencias que impiden que parte de las mejores iniciativas sean percibidas por la gente y que se diluya un discurso de izquierdas adecuado a este siglo y bien trazado. El reto es inmenso y colectivo: frenar el resurgir de patrias e integrismos, poner un poco de cordura en este mundo.
Ignacio Muro Benayas

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Written by Ignacio Muro

27/05/2007 a 12:52

Publicado en .Para EL PAIS

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